WPCD 2k BNmZTimes Roman3|xo\  PCXP"^2CRddCCCdq2C28dddddddddd88qqqYzoCNzoozzC8C^dCYdYdYCdd88d8ddddCN8ddddY`(`lC2CC!CCCCCCCCCCd8YYYYYYzYzYzYzYC8C8C8C8ddddddddddYddddYYYYYYYdzYzYzYzYddddddddC8C8C8C8Ndz8z8z8z8z8ddddddCCCoNoNoNoNz8z8z8dddddddzYzYzYdz8dCoNz8dddddLaurentiusLAURENTI.PRSo\  PChhhhp>YXP2MBX 3'3'Standard6&&ein wittgensteiniana wittgensteiniano6&Standardius_PostScript_( #x  @U X@# dddd X` hp x (#%'0*,.8135@8:NXg~$/++Helvetica NarrowHelvetica Narrow BoldHelvetica Narrow Bold ObliqueHe2/   ZB3|xLaurentiusLAURENTI.PRSx  @hhhhp>YX@ 3'3'Standard6&&ein wittgensteiniana wittgensteiniano6&StandardLAURENTI.PRSx   #x  @U X@# dddd X` hp x (#%'0*,.8135@8:e]]eVNee/6eV|eeNe]NVeeeeV/'/BF/>F>F>/FF''F'mFFFF/6'FFeFF>CCL/#////////////F'e>e>e>e>e>|]]>V>V>V>V>/'/'/'/'eFeFeFeFeFeFeFeFeFeFe>eFeFeFeFe>e>e>]>]>]>]>eFV>V>V>V>eFeFeFeFeFeFeFeF/'/'/'/'6eFV'V'V'V'V'eFeFeFeFeFeF|e]/]/]/N6N6N6N6V'V'V'eFeFeFeFeFeFeeFV>V>V>eFV'eF]/N6V'eFeFeFeFeF"m^2CoddȧCCCdr2C28ddddddddddCCrrrdzNdzoȐC8CtdCdoYoYCdo8Co8odooYNCodddYO,OhC2CC!CCCCCCCCCCo8dddddȐYYYYYN8N8N8N8oddddooooddoddddddYYYYoYYYYddddddooN8N8N8N8do88888ooooddȐYYYoNoNoNoNCCCooooooȐdYYYo8oYoNCddodoKF2ldCdddddddd+oodCCddddCo"^+9EUU999U`+9+/UUUUUUUUUU//```K{qq{h_{{9B{h{{_{q_h{{{{h9/9PU9KUKUK9UU//U/UUUU9B/UU{UUKR"R\9+999999999999U/{K{K{K{K{KqqKhKhKhKhK9/9/9/9/{U{U{U{U{U{U{U{U{U{U{K{U{U{U{U{K{K{KqKqKqKqK{UhKhKhKhK{U{U{U{U{U{U{U{U9/9/9/9/B{Uh/h/h/h/h/{U{U{U{U{U{U{q9q9q9_B_B_B_Bh/h/h/{U{U{U{U{U{U{{UhKhKhK{Uh/{Uq9_Bh/{U{U{U{U{U"^KdzdddKdKSSSdu dSdddSSSduS<dKdd,2ddddddddddS dSdSdSdSdSdSdSdSuSSSSS ddduuuuSSSSduS"m^"55U@ %8 55555555558885a@@EE@:JE0@5PEJ@JE@:E@Z@@:-555055550P5555 050E000  8  ` :@5@5@5@5@5`UE0@5@5@5@5E5J5J5J5J5E5E5E5E5@0@5E5J:J5@0@5@5@5E0E0E0E0E5@5@5@5@5J5J5J5J5J5J5E5E50@055555E5E5E5E5J5J5`ZE E E @0@0@0@0:::E5E5E5E5E5E5ZE@0:0:0:0E55E5E @0:@0@0E5J5E5K!35 :55555##5GG5 5` 55`00` `2`#>  " !CourierTimes RomanHelvetica NarrowTimes Roman BoldTimes Roman ItalicHelvetica Narrow ObliqueTimes Roman Bold ItalicITC Zapf Dingbats"m^&&1LLy[..5P&.&&LLLLLLLLLL&&PPPL[[cc[Tjc&D[Lrcj[jc[Tc[[[T&&&@LLLDLL&LLDrLLLL.D&LDcDDD.$.P.&............T&[L[L[L[L[LycD[L[L[L[L&&&&&&&&cLjLjLjLjLcLcLcLcL[D[LcLjTjL[D[L[L[LcDcDcDcDcL[L[L[L[LjLjLjLjLjLjLcLcL&&&&&&&D[DLLLLLcLcLcLcLjLjLc.c.c.[D[D[D[DT&T&T&cLcLcLcLcLcLc[DTDTDTDcLLcLc.[DT&[D[DcLjLcLK0&IL.TLLLLL32LeeL..L..LLDD."8Đn×rcnksX7SNNmmw}\]¸"m^#/;FFum///F_#/#'FFFFFFFFFF//___FVV]eVVee/>]Nu]eVeVFNeVuVNN6'6;F/FF>F>'FF''>'eFFFF66'F>]>>68'8L/#//|//////////F'VFVFVFVFVF|]]>V>V>V>V>/'/'/'/']FeFeFeFeFeFeFeFeFN>VFeFeFeFN>VFVFVF]>]>]>]>eFV>V>V>V>eFeFeFeFeFeFeFeF/'/'/'/'>]>N'N'N'N'N']F]F]F]FeFeF]V6V6V6F6F6F6F6N'N'N'eFeFeFeFeFeFu]N>N6N6N6eFN']FV6F6N'N>N>eFeFeFK1#IF6FFFFFF'+FjjFNNF|//FFFF|/N2* #mL%&m("m^2NoddCCCdr2C28ddddddddddCCrrrdNdzzozzzC8CrdCddYdYCdo88d8odddNN8oYdYNF,FrC2CC!CCCCCCCCCCd8dddddYYYYYN8N8N8N8oddddoooozYddddzYdddYYYYdYYYYddddddooN8N8N8N8ddz8z8z8z8z8ooooddNNNoNoNoNoNz8z8z8oooooozYzNzNzNdz8oNoNz8zYzYddoKF2ddNdddddd5<dd8dddCCddooCd"^6HXllHHHlz6H6LL~v333LV&3&*LLLLLLLLLL**VVVCneen]Tnn3;n]nnTneT]nnnn]3*3GL3CLCLC3LL**L*vLLLL3;*LLnLLCIIR3&333333333333L*nCnCnCnCnCeeC]C]C]C]C3*3*3*3*nLnLnLnLnLnLnLnLnLnLnCnLnLnLnLnCnCnCeCeCeCeCnL]C]C]C]CnLnLnLnLnLnLnLnL3*3*3*3*;nL]*]*]*]*]*nLnLnLnLnLnLne3e3e3T;T;T;T;]*]*]*nLnLnLnLnLnLnnL]C]C]CnL]*nLe3T;]*nLnLnLnLnL22mN*+u-R//"^.=K\\===\g.=.3\\\\\\\\\\33gggQzzpf=Gpfzfpp=3=V\=Q\Q\Q=\\33\3\\\\=G3\\\\QX%Xc=.============\3QQQQQzzQpQpQpQpQ=3=3=3=3\\\\\\\\\\Q\\\\QQQzQzQzQzQ\pQpQpQpQ\\\\\\\\=3=3=3=3G\p3p3p3p3p3\\\\\\z=z=z=fGfGfGfGp3p3p3\\\\\\\pQpQpQ\p3\z=fGp3\\\\\"m^6HxllٴHHHl|6H6S*f9 xCX%[ o ۟ESES .,,. 6&&ein wittgensteiniana wittgensteiniano6&StandardLAURENTI.PRSx  6&finitif@p@@FF MMx6&Standardius_PostScript_(hh  #XpiP;rEXP# hh    6&finitif@p@@FF MMx6&Standardius_PostScript_(6&duplex6&duplexLAURENTI.PRSx   #NxzPC'P#X01Í ÍhhX01ÍÍ. #Dx\  PCP#Z nK )  Derechos y deberes de nuestros hermanos inferiores  por Lorenzo Pe9a`e"#Hă   yidddy=Њ*  z  Derechos y deberes de nuestros hermanos inferiores  ESUK[Rights and duties of our inferior brothers and sisters]UKES  \Z "por Lorenzo Pe9a  CSIC " CCHS " JuriLog  b $publicado en:  \B   Animales no humanos entre animales humanos  ed. por Jimena Rodr1guez Carre9o Madrid: Plaza y Vald)s, 2012. Pp. 'Ԛ277"328  S* `www.plazayvaldes.es/libro/animales-no-humanos-entre-animales-humanos/1435/ ISBN 9788415271154  b  S 'Sumario  0. Un planteamiento de los derechos animales desde una perspectiva naturalista. 1. El concepto de hermanos inferiores. 2. Las sociedades animales intra e interespec1ficas. 3. Las sociedades humanas y la anexi;n a las mismas de individuos de otras especies. 4. Domesticados y cautivos. 5. Los animales de labor. 6. La civilizaci;n del caballo. 7. Abolici;n de la esclavitud animal? 8. Por un nuevo estatuto jur1dico del  S animal no humano. 9. Objeciones. 10. Bibliograf1aA   v  b  \N D  0. Un planteamiento de los derechos animales desde una  \H Ԛperspectivanaturalista * Strawson distingui; entre las metaf1sicas descriptivas y las revisionarias; las primeras se ocupar1an de describir, quiz racionalizando, nuestro esquema conceptual del mundo, mientras que las segundas se dedicar1an a proponer esquemas conceptuales alternativos. Parcialmente similar a esa distinci;n est la que opone a dos maneras de entender las ramas de la filosof1a que involucran la afirmaci;n de juicios de valor, como la )tica, la est)tica y la teor1a del conocimiento: la manera cr1tica y la naturalista. El enfoque cr1tico "o transcendental" de cualquiera de esas disciplinas filos;ficas significa que quien lo adopta plantea radicalmente la cuesti;n del criterio con el cual va a profesar o abrazar unas tesis u otras que impliquen juicios de valor, o ms concretamente de tal o cual valor en particular. Ese planteamiento cr1tico aspira a no partir de presuposici;n alguna, en pos de evidencias autocertificatorias que "desde fuera de nuestras prcticas habituales de valoraci;n o apreciaci;n" sienten fundamentos radicales e incontrovertibles para pronunciar determinados juicios de valor, prescindiendo de toda la experiencia individual y colectiva. En el terreno de la )tica las bases del enfoque cr1tico las sentaron Hume "con su principio de irreducibilidad de los asertos de deberser a los asertos de ser" y, sobre todo, Kant, quien, ms que ningCn otro fil;sofo, ha planteado la necesidad de buscar un fundamento racional para la decisi;n humana que no presuponga ninguna premisa emp1rica o fctica. Ms cerca de nosotros podemos subsumir bajo ese tipo de actitud el intuicionismo )tico de Moore.2+=o.o.o.ԌFrente a tales enfoques, surge un planteamiento naturalista, que, en verdad, fue  \ el de casi toda la filosof1a precartesiana, la philosophia perennis, y ha sido tambi)n, en lo esencial, el subyacente a filosof1as como las de Leibniz (pese a su racionalismo apri;rico), Shaftesbury y Hegel, as1 como de muchos fil;sofos anal1ticos contemporneos, escaldados por la cr1tica de Quine a la dicotom1a radical entre verdades anal1ticas  \ y sint)ticas (o a priori y a posteriori).  \V Para el enfoque naturalista hay que partir de una mirada a lo que es; el debe no  \R es radicalmente irreducible al es (aunque el nexo entre ambos sea complicado). Las reflexiones filos;ficas sobre los valores "cognoscitivo, estimativo o prctico" s;lo pueden discurrir desde el estudio de lo que es para, eventualmente, plantear lo que debe ser, como una reclamaci;n, expl1cita o impl1cita, de lo que ya es, como compleci;n de una tarea de autoenmienda de la propia praxis humana (praxis cognoscitiva, praxis contemplativa o praxis activa). Inscritos en el planteamiento naturalista, los enfoques de raigambre quineana han empezado a ganar un poquito de reconocimiento en la filosof1a prctica. El equilibrio reflexivo de Rawls podr1a verse como una modulaci;n de tal 1ndole, a pesar de la deuda intelectual de Rawls hacia Kant. Situndose tambi)n resueltamente en el enfoque naturalista, el autor de este ensayo va a abordar el problema de la relaci;n )ticojur1dica entre el hombre y otras especies animales con las cuales est unido por relaciones de convivencia social tratando de entender, para empezar, c;mo funcionan las reglas que, en las diversas sociedades, se estatuyen para canalizar las conductas de modo provechoso al bien comCn y c;mo, desde esa perspectiva, cabe plantear una reforma de nuestros c;digos de conducta que modifique en parte nuestra relaci;n con aquellos individuos de otras especies con quienes hemos decidido convivir, formando con ellos un tipo de sociedad o asociaci;n interespec1fica. Tales individuos animales nohumanos son seres capaces de tener conductas, con voluntad y entendimiento, que obedecen o desobedecen y a los cuales hemos impuesto deberes de sumisi;n. De hecho en nuestras relaciones con ellos hay un c;digo de comportamiento que les dictamos y que conlleva prohibiciones y obligaciones. Justo es que, como contrapartida, les reconozcamos derechos. Esta manera de proceder marca una ruptura con el rupturismo, o fundamentalismo, para el cual no hemos de presuponer relaciones efectivas ni reglas ya establecidas, para mejorarlas o reformarlas, sino que hemos de idear, desde la nada, unos principios autoevidentes como criterios de racionalidad prctica exentos de contaminaci;n emp1rica y, ms aCn, de respeto a prcticas consagradas por el hbito. Tales fundamentalismos son los que prevalecen en los debates filos;ficos sobre la )tica animal, tanto por quienes son defensores de derechos animales (u otros principios que implican, en todo caso, una condena de muchas de nuestras prcticas con respecto a los nohumanos) cuanto por quienes rehCsan a los nohumanos cualesquiera t1tulos que nos obliguen a modificar tales prcticas. En todos esos casos, se busca un criterio de racionalidad prctica patente por s1 mismo, que determine qu) caracter1sticas intr1nsecas ha de tener un individuo para que lo consideremos portador de un valor, titular de un derecho o destinatario de un deber.Z+o.,,AA En los planteamientos kantianos y similares ser algo as1 como la capacidad de ese individuo de ajustar su propia conducta a un principio de racionalidad prctica igual que el que nosotros escojamos. Luego se discutir sobre si los nohumanos tienen o no esa capacidad "o cualquier otro fundamento intr1nseco que se escoja, segCn las diversas teor1as". En la mayor parte de los casos, la conclusi;n ser, desde luego, negativa, infiri)ndose de ah1 que los nohumanos ni son destinatarios de deberes ni titulares de derechos ni tal vez siquiera portadores de valor alguno. Por su lado, el fundamentalismo animalista encontrar como criterio uno, tambi)n irrecusable, que quepa atribuir por igual al hombre y a sus compa9eros del reino animal (o a muchos de ellos), de suerte que as1 todos ser1an acreedores de un trato esencialmente igual, que luego se modular1a en virtud de diversas consideraciones. As1, para muchos tal criterio ser1a la capacidad de sufrir. A diferencia de tales enfoques, los naturalistas "como el aqu1 adoptado" dif1cilmente pueden suministrar criterios radicalmente generalizables a todas las situaciones imaginarias. No nos aclaran (o s;lo indirecta y parcialmente) sobre cul deber1a ser nuestra actitud si nos hallramos con individuos inteligentes extraterrestres, o esp1ritus puros (ngeles) o quimeras. Las ambiciones de la teor1a aqu1 propuesta son modestas, limitndose a abogar por una rectificaci;n, en ciertos aspectos, de c;digos de conducta ya vigentes en nuestra relaci;n con individuos de otras especies que, como resultado de hechos contingentes, resultan ser animales no humanos entre animales  \t humanos.Xt^ ~J ԍVarias de las ideas del presente ensayo guardan afinidad con las que expone Elizabeth Anderson, Animals Rights and the Values of Nonhuman Life , en [Sunstein & Nussbaum], pp. 276298. He le1do su escrito cuando ya el m1o estaba muy avanzado, por lo cual me abstengo de comentar muchas consideraciones atinadas y pertinentes que contiene.  b  \T |  1." El concepto de hermanos inferiores * Nuestro estudio se refiere a nuestros hermanos inferiores. Vamos a analizar esos conceptos para fijar, despu)s, unos cnones que sirvan para determinar unos deberes y derechos de unos con relaci;n a los otros. Cuando hablamos de nuestros hermanos inferiores nos referimos, ya sea a todos los animales que no pertenezcan a la especie humana, ya a aquellos que pertenecen a especies que compartan con la nuestra una serie de rasgos zool;gicos comunes y con las cuales estamos emparentados muy de cerca. Como primera aproximaci;n, cabe decir que un animal, en el sentido lato en que aqu1 lo consideramos, es un miembro de una especie de organismos pluricelulares heter;trofos dotados de capacidad sensorial o perceptiva. El desarrollo de esa capacidad va ligado a una aptitud locomotriz, que sin embargo no est presente en todas las especies animales, pero cuya ausencia indica un menor grado de animalidad.n$o.,,AAԌEn esa amplia acepci;n, los animales formamos uno de los cinco reinos en los  \ que se ha subdividido el tronco comCn de los seres vivos en la Tierra.^ ~J ԍExclCyense del reino animal las bacterias, los protozoos, las algas, los hongos, las plantas y otros taxones; para nosotros  ~JL baste calificar a todos ellos como seres vivos no animales. Esa primera aproximaci;n es insuficiente. Hay un cCmulo de especies, emparentadas entre s1, que comparten rasgos adicionales. Para nuestros prop;sitos son animales s;lo los miembros de especies que reCnen estas cinco caracter1sticas:  1) son seres que nacen, prosperan y decaen, tienen salud y enfermedad y, al final, mueren;#  2) tienen reproducci;n sexual anisogmica y diferenciaci;n individual macho/hembra (no hermafroditismo);#  3) tienen y ejercen capacidad de locomoci;n;#  4) tienen un aparato nervioso concentrado y ;rganos sensoriales, junto con sistemas circulatorio, respiratorio y digestivo;#  5) estn gen)ticamente emparentados entre s1 de manera ms estrecha que con los dems organismos vivientes.# Esa qu1ntuple caracterizaci;n nos permite excluir de nuestro mbito, p.ej, a los celent)reos, cuyo sistema nervioso no es concentrado (y que, por lo tanto, no tienen un centro perceptivo individual que unifica la actividad vital del organismo en cuesti;n). De entre las muchas especies animales, hay un grupo al que podemos llamar el de los animales avanzados . El rasgo distintivo principal es que su sistema nervioso est fuertemente concentrado en una masa, el enc)falo. Mi hip;tesis es que todos ellos son capaces, no s;lo de percepci;n, sino tambi)n:  1) de apercepci;n (para usar el vocablo de Leibniz), o sea de conciencia, de capacidad de percatarse, apercibirse, ver el mundo que los rodea ( ver  en un sentido lato de tener una imagen plurisensorial unificada, que aCna los est1mulos de los  \ diversos ;rganos sensoriales); ^ ~Jx ԍSobre la conciencia animal, v. el apartado The Complexity of animal consciousness  en [Regan], pp. 73ss.#  2) de capacidad para sentir dolor y placer, en virtud de lo cual el sistema nervioso de ese individuo realiza unos movimientos (decisiones) que son seguidos por movimientos corporales que lo acercan a las fuentes del placer y lo alejan de las del dolor (esquematizando deliberadamente las cosas).# La conciencia es un enigma que se esfuerzan por esclarecer los zo;logos, neurofisi;logos, psic;logos y fil;sofos. Es una capacidad para ver el mundo, para tener una imagen propioceptiva y otra del medio ambiente o entorno, con una polaridad de inclinaci;n o apetito y desinclinaci;n o repulsi;n, en funci;n de lo que es provechosoR$o.,,AA o perjudicial al organismo en cuesti;n. Todo eso parece requerir ese centro de percepci;n  \ y apetici;n que en los cordados y, sobre todo, en los vertebrados es el enc)falo.^ ~J ԍUn estudio muy influyente sobre la conciencia es el del neur;logo Antonio Damasio, The Feeling of What Happens: Body  ~JL and Emotion in the Making of Consciousners, Londres: Heinemann, 1999. Sobre la centralidad de la conciencia o autoconciencia en los debates sobre el estatuto ;ntico de los animales no humanos, v. Gary L. Francione Animals " Properties or Persons? , en [Sunstein & Nussbaum, 2004], pp. 108142. Francione  ~J ejemplifica la equiparaci;n "ms abajo criticada como una confusi;n" entre serpersona y nosercosa, entendiendo por cosas  los entes que leg1timamente pueden ser objetos de propiedad. En qu) medida los moluscos, insectos, arcnidos, equinodermos etc tienen, total o parcialmente, esas caracter1sticas de los animales avanzados? No lo s). Seguramente varias especies de esos g)neros, o taxones, tienen ambas en grado mayor o menor. Los cient1ficos siguen investigando. De entre los animales avanzados, segCn los hemos caracterizado, hay un grupo que podemos llamar el de los animales superiores , que agregan a los rasgos ya apuntados )stos adicionales:  1) estn ms estrechamente emparentados entre s1 que con los dems;#  2) tienen inteligencia y voluntad;#  3) poseen aptitud de desarrollar y modificar sus hbitos de conducta.# La inteligencia o raz;n es la capacidad para averiguar cosas nuevas combinando varios datos (premisas), de tal manera que el individuo en cuesti;n "aplicando una regla expl1cita o impl1cita" cruce, unas con otras, diversas constataciones emp1ricas para inferir una conclusi;n. La voluntad es, similarmente, la aptitud "estrictamente correlativa" de mandar al propio cuerpo un movimiento o una quietud en funci;n, no de una constataci;n cognoscitiva aislada, sino de una pluralidad de las mismas y, principalmente, de la ausencia de otras constataciones. En un ser con voluntad no se da una concatenaci;n automtica (instintiva) que conduzca forzosamente a un comportamiento por la mera presencia de un cierto impulso sensorial o de una constataci;n aislada. La aptitud de desarrollar y modificar sus costumbres, hbitos de vida o de conducta, es la capacidad de los individuos de ciertas especies de alterar, de modo estable y persistente, su comportamiento de manera que el patr;n de conducta as1 adquirido var1a en funci;n de los est1mulos recibidos y se adapta al medio. En un sentido lato, claro est, cualquier ser vivo, aunque no sea un animal, adquiere hbitos, patrones de vida o de relaci;n con el medio que se van modificando en funci;n de )ste. Aqu1 se trata de algo mucho ms fuerte: la capacidad de ciertos animales de asumir esos hbitos, aceptarlos, adoptarlos o resignarse a ellos, que coexiste con ocasionales rechazos. En suma esta capacidad de habituaci;n implica la inteligencia y la voluntad del animal, por las cuales )ste decide sujetar su conducta usual a ciertas pautas que entiende ms convenientes "dado el medio en el que actCa" pero que tambi)n tiene capacidad de rechazar, haci)ndolo en determinados casos por la acci;n de algunos mecanismos neurops1quicos.t#@o.,,AAԌLa Cnica diferencia entre la especie o raza humana y las dems especies animales es el grado mayor en el que los hombres son capaces de aplicar su inteligencia y su voluntad "individual pero, sobre todo, colectiva" para satisfacer sus necesidades, as1 como la mayor plasticidad o adaptabilidad de sus costumbres y el desarrollo de fuertes instrumentos de acumulaci;n cultural, como son el lenguaje de doble articulaci;n, las t)cnicas de fabricaci;n de instrumentos y el atesoramiento del saber colectivo. Por separado ningCn rasgo de )sos deslinda netamente al hombre de los dems animales. Nada diferencia al hombre del animal, como nada diferencia a la tortuga del animal. Lo que s1 diferencia al hombre de los dems animales es que el hombre tiene una singularidad de especie que podemos designar por un sustantivo abstracto, humanidad . Esa singularidad es un principio de especiaci;n o especificaci;n "similar al principio de individuaci;n de que discut1a la filosof1a escolstica. No es una heceidad escotista, un nos)qu), sino que es susceptible de un anlisis (igual que, para Leibniz, cualquier individuo tiene un concepto individual que no es un mero ser)ste , sino que estriba en una particular e irrepetible concurrencia de rasgos universales). El genoma humano est integrado por mol)culas, cada una de las cuales es susceptible de aparecer en el de otras especies. Es una combinaci;n singular lo que hace que se trate de genoma humano. Una particular combinaci;n de ingredientes en su genoma marca, pues, la especificidad de cada especie. El resultado es que a la misma le corresponden unas capacidades y una cierta adaptabilidad al medio que no son las mismas que las de las otras especies. La manera de vivir de una especie de abejas es diferente de la de una especie de ara9as. Cada una es Cnica, singular, irrepetible. Cada una ocupa un lugar propio, un nicho ecol;gico. Cada una se relaciona con las dems de un modo que no es id)ntico al de otras. Para cada especie hay algo en lo que ella es superior a las dems, puesto que es ella la mejor adaptada a vivir de cierto modo en cierto medio. Ninguna especie es absolutamente superior o absolutamente inferior a las dems. Cada una es superior en ciertas cosas e inferior en otras. Sin embargo, eso no es ;bice para considerar que, globalmente, unas tienen un valor superior a otras (aunque tal aserto, desde luego, hay que probarlo, caso por caso "o, cuando no, hay que apreciarlo como una conjetura o una estimaci;n subjetiva). Hay una escala razonablemente construida en la que los animales tienen ms valor que los seres vivos que no son animales; los animales avanzados, ms valor que los no avanzados; los superiores ms valor que los otros; los humanos, ms valor que los nohumanos. Ese mayor valor estriba en que ejemplifican, en mayor grado, ciertas cualidades valiosas, como son la vida, el conocimiento, la conciencia, la inteligencia, la fuerza de voluntad, la solidaridad. Ahora bien, la verdad de este aserto apenas importa, en el fondo, para las tesis esenciales del presente ensayo. Que el ser humano sea superior a los dems animales, que los animales avanzados sean superiores a los celent)reos, que )stos sean superiores a los hongos, todo eso, en definitiva, es una apreciaci;n axiol;gica prescindible para lo que voy a sostener ms abajo. N;tese bien que esa superioridad a secas no implicaX*o.,,AA superioridad absoluta. Ser1a una superioridad en valor, habida cuenta de todo, que no es opuesta a que un ser inferior, en general, sea superior en muchas cosas, como es obvio. Hablar, pues, de especies inferiores se hace relativamente a un contexto. En la sociedad de las hormigas, son inferiores los pulgones sujetos a vivir como simbiontes o cautivos (la calificaci;n precisa les corresponde a los zo;logos). En las sociedades humanas son inferiores los individuos de otras especies a ellas anexionados, bajo cualquiera de las dos modalidades que luego consideraremos. Para cerrar ya este apartado, cabe preguntar en qu) me baso al calificar a las dems especies animales de especies hermanas. Es curioso que la locuci;n nuestros hermanos inferiores  se haya usado desde hace tantos siglos (como m1nimo desde San Francisco de As1s en el siglo XII). La cercan1a entre el hombre y los dems animales siempre ha sido percibida y siempre ha intrigado. La teor1a de la evoluci;n, desde Lamarck para ac, ha resuelto la inc;gnita. Nos parecemos porque somos parientes. Ms que meros parientes, los humanos somos hermanos de aquellos no humanos de los que nos separan unos pocos millones de generaciones, e.d. aquellos con quienes compartimos un antepasado comCn de hace menos de cien millones de a9os. Es el parentesco gen)tico lo que determina esa hermandad. Sin embargo, imaginemos que un d1a los cient1ficos llegaran a la conclusi;n de que la teor1a de la evoluci;n es falsa "o es verdadera bajo una modalidad muy diferente de las de Lamarck y Darwin y tal que no ser1a afirmable que cualesquiera dos individuos del reino animal estn gen)ticamente emparentados entre s1". Carecer1a entonces de fundamento referirnos a las dems especies de mam1feros como especies hermanas? Opino que no. Los hechos que han conducido a buscar una explicaci;n en la teor1a de la evoluci;n persistir1an, aunque se alcanzara una explicaci;n alternativa. Sin embargo, eso no significa que el quedar desbancada la teor1a de la evoluci;n ser1a inocuo. Seguir1amos hablando de hermandad, pero ya en un sentido casi metaf;rico, en todo caso elstico. Hoy por hoy, con los datos de la ciencia contempornea, podemos afirmar una hermandad propiamente dicha sin lugar a dudas.  b  \ H  2." Las sociedades animales intra e interespec1ficas * Las especies vivas han desarrollado dos modos distintos de vivir: en solitario y en sociedad. Tal alternancia es comparable a la que se ha dado en las estrategias de tama9o: las unas han aumentado su volumen, las otras han tendido a reducirlo, especializndose cada una en un modo de relaci;n con las dems y con el medio ambiente en general. As1 sin ms no cabe decir ni que sea mejor ser un animal de gran volumen, como un elefante o un cachalote, o uno peque9o, como una hormiga. Cada uno tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Con la transformaci;n del medio geogrfico, la evoluci;n va llevando a modificaciones de tama9o para una mejor adaptaci;n. Similarmente, unas especies o subespecies optan por la vida en grupo, para aprovechar las ventajas de la cooperaci;n; otras por la vida aislada, que no deja de tener las suyas. De nuevo hay evoluciones cruzadas, adaptaciones, alternancias. Hay especies en las que se encuentran formas de vida aislada y de vida social.D+o.,,AAԌLa mayor parte de las sociedades o asociaciones de individuos del reino animal (o del vegetal) son intraespec1ficas, o sea: congregan a miembros de la misma especie. Son ampliamente conocidas las colonias de celent)reos. Mayor complejidad tienen las  \ sociedades de ciertos artr;podos, principalmente arcnidos "como el anelosimus eximius" e insectos sociales: abejas, avispas, hormigas y termitas. Entre los animales superiores alternan "a veces en la misma especie" modos de vida social y modos de vida solitaria "con asociaci;n procreativa ocasional" as1 como hay eslabones intermedios y formas de transici;n. Esas sociedades intraespec1ficas alcanzan diferentes niveles de complejidad, segCn la mayor o menor divisi;n del trabajo, la organizaci;n jerrquica, el grado de solidaridad de los miembros del grupo, las formas de canalizar y resolver los conflictos, las relaciones entre los diferentes grupos sociales de una misma especie. Las sociedades humanas son sociedades intraespec1ficas como cualesquiera otras, aunque en su evoluci;n exhiban algunas caracter1sticas propias, como les sucede a las sociedades de cualquier otra especie. La especie humana es social, toda ella. El hombre es un animal parad;jico: fuerte y d)bil. Conjuntamente puede ser muy potente y alcanzar un enorme )xito en la lucha por la vida. Individualmente es muy d)bil, si)ndole dif1cil o imposible sobrevivir. Esa socialidad natural o cong)nita la ha heredado del tronco comCn que lo une a los bonobos, sus parientes ms cercanos de las especies que han sobrevivido hasta el d1a de hoy. Sus modos de relacionarse guardan algo de ese origen comCn, aunque cada especie haya tenido su propia evoluci;n. A la vez que esas asociaciones intraespec1ficas, tenemos las interespec1ficas, que son variad1simas y que se suelen clasificar atendiendo al grado de interacci;n entre las especies participantes y al beneficio o perjuicio rec1proco, o no rec1proco, que la relaci;n conlleva para unos o para otros: neutralismo, competici;n, mutualismo o simbiosis,  \ cooperaci;n, comensalismo, depredaci;n, inquilinismo, parasitismo.^ ~JX ԍSobre la clasificaci;n de las sociedades animales v. la entrada asociaci;n  en el Diccionario OxfordComplutense Ciencias, Madrid: Ed. Complutense, 2000, p. 80. El hombre ha entrado en todas esas asociaciones con unos u otros animales no humanos. En algunas de ellas siendo el beneficiado, en otras el perjudicado y en otras ambas cosas a la vez. Hay tambi)n asociaciones interespec1ficas cuya clasificaci;n ha oscilado, porque constituyen casos intermedios. Y es que hay grados diversos de provecho. A veces la asociaci;n reporta alguna utilidad para una especie pero tambi)n algCn perjuicio, mientras que reporta una utilidad bastante mayor para la otra. En las especies de animales superiores las sociedades necesitan una jerarqu1a muy diferente de las sociedades de animales que operan esencialmente por instinto. Un animal superior tiene apercepci;n, inteligencia y voluntad. Por lo tanto su conducta puede desviarse de la pauta de comportamiento provechosa para el grupo; y frecuentemente se producen tales desviaciones. Para contrarrestarlas, no basta la fuerza del instinto, sino que hace falta inventar otro procedimiento. La naturaleza lo hall;: la fuerza' o.,,AA de la jerarqu1a, por la cual en los grupos sociales de animales superiores unos individuos actCan como l1deres y otros siguen ese liderazgo. La selecci;n de los l1deres se efectCa de modos muy diversos, a menudo a trav)s de enfrentamientos. La obediencia al l1der dista de ser incuestionable, salvo en algunas especies en las que hay mayor seguridad. Tanto la discutibilidad del l1der como su incuestionabilidad tienen sus ventajas y sus inconvenientes. En una sociedad de animales superiores, particularmente de mam1feros, los l1deres establecen unas reglas de conducta tales que ajustarse a las mismas es provechoso para el grupo. El sentido, la legitimidad de las reglas, es esa funci;n de provecho al bien colectivo, a la preservaci;n y acrecentamiento de la vida del grupo.  b  \ td 3." Las sociedades humanas y la anexi;n a las mismas de individuos de otras  \ &especies * La dsociobiolog1a ha sido fundadamente cuestionada por la extravagante y abusiva reducci;n a que frecuentemente condujo, en la que muchas facetas culturales de las sociedades humanas quedaban rebajadas a meras apariciones de rasgos sociobiol;gicos heredados de nuestros antepasados en la evoluci;n zool;gica. El rechazo de tales exageraciones no puede hacernos desconocer el nCcleo racional de ese tipo de enfoques, que es se9alar lo que compartimos con los dems animales y el fondo comCn de pautas de conducta, individual y social, que hemos heredado de un tronco del cual nuestra especie es s;lo una ramita. Sin merma de sus particularidades, ha de estudiarse la sociedad humana como un caso de sociedad animal, no perdi)ndose de vista las analog1as, aunque sin negar lo original en la evoluci;n de las sociedades humanas. La asociaci;n cooperativa con otras especies es una de las particularidades de ciertas sociedades humanas "bastante reciente, pues apenas empieza a producirse al final del paleol1tico, o sea al iniciarse el Cltimo cent)simo de nuestra permanencia colectiva en la Tierra. (La primera de tales asociaciones fue la que uni; a grupos humanos con perros, siendo dudoso cundo se produjo; en todo caso, hace seguramente ms de 10.000 a9os.) Esa asociaci;n cooperativa es la que aqu1 me interesa. Voy a centrarme, pues, en relaciones sociales que entablamos con ciertos animales que conviven con nosotros en nuestra sociedad, que ya no es puramente sociedad humana. Son dos los tipos de relaciones entre los hombres y animales de otras especies que pasan a vivir en una sociedad preponderantemente humana. Podemos distinguir los animales cautivos y los domesticados. No entran aqu1 las relaciones que tenemos o hemos tenido con otros animales de mera hostilidad o competici;n, ni las de depredaci;n, ni menos las de separaci;n. No es que en tales relaciones no se planteen problemas a la hora de reelaborar racionalmente nuestras pautas de comportamiento. Mas no son el tema de la presente reflexi;n. Lo que me interesa aqu1 es el v1nculo con animales de otras especies que quedan anexionados a sociedades humanas, bajo una u otra de esas modalidades de cautiverio o de domesticaci;n.+ o.,,AAԌAl ser anexionados a una sociedad humana, esos animales no humanos pasan a tener con los hombres unas relaciones de convivencia, que tienen que regirse por unas reglas, ya que estamos hablando de animales superiores, con voluntad, que necesitan ajustarse a una disciplina para poder vivir en comCn. Es todav1a oscuro el origen de la cohabitaci;n con el perro, pero es seguro que en seguida se estableci; una jerarqu1a en la que el hombre dominaba al can y no al rev)s. Y, aunque con muchas variaciones y matices, )sa es la t;nica: en las asociaciones interespec1ficas que tiene con otros animales superiores, anexionados a una sociedad humana, el hombre domina y marca las reglas. Por eso podemos hablar de esos otros animales como inferiores. Dejando de lado las consideraciones desarrolladas ms arriba sobre las escalas de valor, y dejando de lado tambi)n que, para cada especie, es ella la superior y las otras las subordinadas, est el hecho de que en las sociedades conjuntas de humanos y no humanos hay una clara asimetr1a. Los hombres incluyen a esos no humanos en su sociedad. Viven animales no humanos en una sociedad esencial y preponderantemente humana, no al rev)s. La asimetr1a determina que, en tales sociedades mixtas, los humanos sean superiores y los no humanos inferiores. En cualquier sociedad intraespec1fica de animales superiores hacen falta "ya lo he dicho" unas reglas y una jerarqu1a, porque esos seres, dotados de voluntad, pueden cooperar, pero tambi)n pueden oponerse unos a otros, dado que no actCan por mero instinto. Al pasar de una sociedad exclusivamente formada por individuos de una especie a una sociedad mixta, tambi)n es menester fijar unas reglas. Siempre que se fijan reglas de conducta se establecen y distribuyen deberes y derechos, correspondiendo los unos a los otros. En una manada, el l1der o los l1deres determinan una obligaci;n de itinerario, de espacio, de actuaci;n en la defensa o el ataque, a la cual quedan sujetos los integrantes del grupo; mas )stos tienen correlativamente derechos a cuyo servicio estn esas reglas: de ser socorridos, participar en el consumo de los alimentos conseguidos por la labor comCn y disfrutar de los otros bienes de obtenci;n colectiva, como el cobijo. El reparto puede ser extremadamente desigual y frecuentemente lo es. Hay repartos inicuos. Mas las sociedades en las que se implantan tales iniquidades tienden a ser muy inestables, al perder su cohesi;n social. Si ser miembro del grupo no acarrea disfrutar de unos derechos, o sea si las relaciones internas del grupo tienden a ser las del parasitismo o la depredaci;n, entonces s;lo la fuerza puede mantener al grupo unido. Algunas sociedades humanas han desarrollado m)todos para producir internamente una diferenciaci;n en subgrupos entre los cuales se han dado relaciones de parasitismo o aprovechamiento de unos por otros, siendo la esclavitud el caso ms visible, pero extensible, en alguna medida, a otras formas de desigualdad social. Solemos pensar que en las sociedades esclavistas hay unos, los individuos libres, que tienen  \& derechos y otros, los esclavos, que s;lo tienen deberes.{&^ ~J~) ԍSegCn la famosa expresi;n de Hannah Arendt, carecen del derecho a tener derechos.{ Ha habido sociedades as1, llevadas a ese extremo? Es dudoso. En la medida en que una sociedad se acerque a tal pauta de distribuci;n tan radicalmente diferenciadora, el esclavo s;lo permanecer en la( Xo.,,AA sociedad a viva fuerza. Y no siempre ser fcil organizar su sumisi;n por el empleo de la fuerza, salvo que se trate de una minor1a. La mayor parte de las sociedades esclavistas han reconocido algunos derechos a los esclavos. Pensamos, como sociedades esclavistas t1picas, en la Mesopotamia de Hamurab1, la Roma antigua o las colonias de plantaci;n europeas en Am)rica en siglos recientes. En todas ellas los esclavos ten1an algunos derechos, aunque pocos. La lista de derechos fue variando hist;ricamente, no siempre, ni mucho menos, en el sentido de una evoluci;n dulcificadora. Ten1an (dentro de ciertos l1mites) el derecho a ser manumitidos, si su due9o lo decid1a. A veces ten1an derecho, tambi)n con permiso del due9o, a acumular un peculio, actuar en el trfico jur1dico, desempe9ar diversos oficios. Casi siempre ten1an el derecho de no ser arbitrariamente matados y recibir alimentaci;n. Los c;digos esclavistas europeos de los siglos XVII al XIX fijaron otros derechos: cobijo, vestido, en ocasiones relaci;n familiar, prctica religiosa, festejo. Todo eso era poco, pero no es correcto decir que la visi;n jur1dica de la )poca implicaba que eran seres sin derecho alguno. El derecho de acci;n judicial fue muy discutido y en general les fue rehusado, salvo casos de controversia sobre su posible estatuto de individuos libres. Mas la discusi;n ya implicaba que se ve1a en ellos a seres titulares de algunos derechos. Es err;neo, pues, creer que la abolici;n de la esclavitud signific; el paso de una sociedad en la que algunos miembros carec1an completamente de derechos a otra en la que hay igualdad de derechos. Ni lo uno ni lo otro es verdad. Cualquier sociedad organizada atribuye derechos y deberes diferentes a diversos miembros, en funci;n de varios parmetros. (Es ms, en nuestra sociedad estamos aCn lejos de admitir que no ha de haber derechos desiguales entre los individuos s;lo por su nacimiento o sus genes. Los que nacen en familias ricas tienen un derecho de herencia del que carecen los hijos de padres pobres "para no hablar ya de much1simas otras desigualdades, como el derecho de nacionalidad y hasta el de habitar un territorio.) Reconocerle derechos a un individuo, humano o no humano, no implica, pues, reconocerle iguales derechos o igual dignidad (igual rango social). La inclusi;n o anexi;n de individuos de otras especies en sociedades humanas "mixtas" implica que a los humanos les otorga esa sociedad ciertos derechos con respecto a esos nohumanos, lo cual equivale a decir que a esos nohumanos se les imponen deberes. El modo de imposici;n var1a: con relaci;n a los animales cautivos es un modo violento, por la coerci;n; con relaci;n a los domesticados, aunque siempre la coerci;n est presente, hay un recurso, mayor o menor, a m)todos ms suaves de persuasi;n y acostumbramiento, por los cuales se inculca a esos miembros nohumanos de nuestras sociedades mixtas la sujeci;n a las reglas que fijamos s;lo los humanos. Lo que se plantea es si a esa imposici;n de deberes (y prohibiciones, o sea deberes de no hacer) la acompa9a un otorgamiento de derechos. Mi tesis es que algunos derechos siempre se han otorgado, aunque fueran irritantemente exiguos. Un individuo no humano en cautiverio es comparable a uno humano. En muchas sociedades humanas a los miembros de la misma especie reducidos a cautividad se les reconocen los dos derechos de (1) recibir sustento y (2) no ser torturados por capricho.+ o.,,AA Tal reconocimiento no se ha dado siempre, pero posiblemente ha habido una tendencia perpetua y universal hacia la admisi;n de esas dos reglas, incluso en la ms remota antigGedad "si bien es cierto que fueron frecuentemente conculcadas. Esos dos derechos son, evidentemente, m1nimos. La evoluci;n del derecho de guerra, desde muy temprano, tendi; a ampliarlos paulatinamente hasta desembocar en los convenios internacionales humanitarios de los siglos XIX y XX sobre los derechos de los prisioneros de conflictos b)licos. (Que no basta ratificar un convenio lo prueba Guantnamo. De ah1 no se sigue, empero, que estampar los derechos sobre el papel sea irrelevante.) Ha sufrido muchos altibajos la extensi;n de esos dos derechos del cautivo humano a derechos del cautivo no humano. Hoy mismo cabe preguntarse en qu) medida es una violaci;n del segundo de esos dos derechos la utilizaci;n de tales individuos cautivos para, infligi)ndoles un gran sufrimiento, causar el solaz de los espectadores (p.ej en la tauromaquia). Volver) sobre esto ms abajo. Notemos que aun a los individuos cautivos destinados a padecer esos tratos crueles no suele ser l1cito infligirles arbitrariamente cualquier mal trato que se le antoje a su guardin "si bien las sanciones a quienes violan tales derechos son poco efectivas.  b  \  4." Domesticados y cautivos * El animal domesticado tambi)n sufre coerci;n y coacci;n en casi todos los casos, incluso en el de los modernos animales de compa91a hogare9a, cuya libertad de movimientos queda cercenada e incluso impedida por barreras que les ponemos, as1 sea por su propio bien. Sin embargo, la domesticaci;n significa que el individuo en cuesti;n no est sometido a viva fuerza "o s;lo por la fuerza", sino que se ha habituado a sujetarse a la obediencia que le imponen los humanos y a conformar su conducta segCn las expectativas y las pautas que los humanos le han inculcado. Lo cual quiere decir que la sumisi;n del animal domesticado es voluntaria, aunque no sea libre. No obstante, hay muchos casos intermedios y no pocas oscilaciones, con episodios de rebeld1a o insumisi;n de muchos animales domesticados, cuya situaci;n se aproxima no pocas veces a la de animales cautivos. Tambi)n a los individuos domesticados se les han reconocido siempre "juntamente con los dos derechos de que, en teor1a, disfrutan los cautivos" cinco derechos adicionales: cobijo; protecci;n frente a agresiones ajenas (por humanos o no humanos); alimentaci;n adecuada; cuidado veterinario; limitaci;n razonable de las cargas que se les imponen. La historia del aprovechamiento de individuos de otras especies domesticados en las sociedades humanas nos revela las dimensiones pavorosas en las que esos cinco derechos han sido sistemticamente violados por los humanos, no s;lo cuando les ha convenido sino, lo que es ms grave, muchas veces sin necesidad ni ventaja de ningCn tipo, por simple maldad. Asimismo es verdad que pocas veces se han expresado los c;digos legislativos en t)rminos de reconocimiento de esos cinco derechos m1nimos "mucho menos de otros derechos de bienestar. Ni han faltado tampoco los que, sin pudor, han afirmado, en diversos momentos, la plena licitud de las prcticas de mal trato extremo sumamente frecuentes.+ o.,,AAԌSin embargo, cabe preguntarse: antes de la reprobaci;n del maltrato animal en  \ autores como Leonardo da Vinci, Michel de Montaigne, ^ ~J ԍSobre el animalismo de Montaigne v. Thierry Gontier, Intelligence et vertu animale: Montaigne lecteur de la zoologie  ~JL antique , Rursus, 3 (2007), pp. 117. http://rursus.revues.org/115, acc. 20100319. Sorajbi "[Sorabji], p. 205" examina las ideas animalistas de Montaigne y su deuda al legado griego de Plutarco, Porfirio y Sexto Emp1rico. Benito Jen;nimo Feij;o y Jerem1as Bentham y antes de que sus ideas empezaran a hallar un balbuceante reconocimiento en la legislaci;n de algunos pa1ses avanzados en el siglo XIX "como Inglaterra y, en medida mucho menor, Francia", era unnime la creencia de que a los animales domesticados era l1cito hacerles cualquier cosa y que no ten1an derecho alguno? Opino que la respuesta es negativa. Me baso en que, cuando por fin se estatuyen las primeras y t1midas medidas legislativas de protecci;n animal en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX, no se objeta a ellas que est)n prohibiendo conductas humanas usuales, sino que prohibir el maltrato animal significa vedar una conducta que, siendo moralmente reprobable, pertenece a la esfera de la actuaci;n privada de cada uno, que no deber1a sufrir interferencias del poder pCblico a no ser por motivos de utilidad social, sin que ningCn motivo as1 pueda aducirse para justificar tal prohibici;n. O sea: a esas alturas, en la Gran Breta9a por lo menos, las prcticas prohibidas eran consideradas infrecuentes "aunque posteriormente se irn desentra9ando muchos maltratos innecesarios y muchos actos de crueldad gratuita que hab1an pasado desapercibidos. Es cierto que el que una conducta fuera infrecuente en la Inglaterra victoriana no implica que lo haya sido en otras latitudes y en otros per1odos hist;ricos. Sin embargo, el hecho es que, desde la antigGedad, ha habido una minor1a de pensadores, literatos y fil;sofos que han reprobado el maltrato animal "al menos cuando es gratuito" y que esas tomas de posici;n no parecen haberse planteado como afirmaciones escandalosas u ocurrencias extravagantes "a diferencia, p.ej, de la condena de la esclavitud. La lectura de las obras literarias de la antigGedad tampoco corrobora la hip;tesis de que los miembros humanos de la sociedad vieran como perfectamente natural y anodino infligir cualesquiera maltratos a los animales domesticados por puro capricho, no alimentarlos o no protegerlos. Considerbase, en realidad, que iba en el inter)s del propio due9o humano respetar esos derechos m1nimos. Los usos y costumbres, ya que no la ley, impon1an (en mayor o menor medida) esos derechos, cuya violaci;n acarreaba una sanci;n: la reprobaci;n del pr;jimo. La evoluci;n de las mentalidades modernas, desde el siglo XVIII para ac, va a ir empezando a determinar un paulatino reconocimiento legislativo de derechos de los miembros nohumanos de nuestras sociedades. No el surgimiento de tales derechos, sino su afianzamiento y su expansi;n. Todo ello en un proceso sumamente lento que, felizmente, est comenzando a acelerarse en los Cltimos lustros "o a lo sumo un par de decenios. Dejando de lado la consideraci;n sobre los animales cautivos, voy a limitarse aqu1 a reflexionar sobre los domesticados. El concepto de domesticaci;n es, evidentemente, difuso. Entre el cautivo y el domesticado hay transiciones.& o.,,AAԌPropiamente la domesticidad o domesticaci;n se limita a ciertas especies de aves y de mam1feros, aunque el grado de domesticaci;n de )stos Cltimos es mayor porque el estrecho parentesco que nos une a ellos se traduce en una gran similitud anat;mica y fisiol;gica y, por consiguiente, en la probabilidad de un significativo parecido neurops1quico, lo cual, unido al modo de vivir de algunas especies de mam1feros, nos ha permitido imponer a sus miembros unas pautas vitales en que consiste la domesticidad. Como ya lo he dicho, un animal domesticado es uno que se somete voluntariamente (aunque no por ello libremente) al dominio humano y, aunque sea forzado, acepta las costumbres que le inculca e impone el ser humano. Los usos de la domesticaci;n han sido variados, pudiendo destacarse los cuatro siguientes: trabajo "incluyendo la utilizaci;n de algunos animales como auxiliares de caza (halcones, guilas, perros); aprovechamiento alimenticio (carne, leche, huevos); producci;n de lana, cuero y hueso; distracci;n y compa91a "animales hogare9os modernos.  b  \~  5." Los animales de labor * De esos cuatro usos reci)n mencionados, aquel en el que me voy a centrar es el primero, la explotaci;n de los animales para aprovecharnos de su trabajo. Fue la primera de las domesticaciones prehist;ricas y ha sido, con mucho, la ms importante hasta bien entrada la revoluci;n tecnol;gica del siglo XX. Es dif1cil imaginar el avance de la civilizaci;n humana a lo largo de los Cltimos milenios sin la utilizaci;n del cuero, la lana y los productos de alimentaci;n obtenidos a expensas de los nohumanos incorporados a nuestras sociedades; dif1cil, pero tal vez no imposible. Lo que es enteramente inconcebible es ese progreso sin el trabajo animal. Para acumular su potencial y sus medios de obtener el bienestar colectivo, o sea la riqueza, el hombre combina su inteligencia con unos instrumentos de producci;n, formando esa combinaci;n las fuerzas productivas. El desarrollo o crecimiento de las fuerzas productivas significa un aumento en calidad y cantidad. De nada sirve incrementar o elevar el conocimiento o inventar nuevos procedimientos t)cnicos si no hay c;mo y a qu) materiales aplicarlos. Y la acumulaci;n y el perfeccionamiento de tales instrumentos materiales se interrumpe sin el concurso del ingenio, que contribuye a idear nuevos modos de utilizaci;n y nuevos m)todos de producci;n. En ese proceso las sucesivas generaciones humanas operan cumulativamente gracias a la herencia colectiva que les dejan las precedentes. Los avances civilizatorios han sido posibles por esa combinaci;n de materiales y de t)cnicas, gracias a los procedimientos de intercambio y transmisi;n de conocimientos: la escritura, el libro, finalmente la imprenta. Tales inventos no habr1an podido transformar en unos pocos milenios la sociedad humana como lo han hecho sin la acumulaci;n de medios materiales: una red de ciudades, enlazadas entre s1, unos racimos de estudiosos, una mano de obra capacitada y evolucionada que aprende a emplear nuevos materiales en vasta escala, aplicando nuevas t)cnicas.*o.,,AAԌNada de todo eso es imaginable sin un gigantesco esfuerzo de trabajo, sin la aplicaci;n de fuerza para modificar, ensamblar y transportar grandes masas de materiales a fin de erigir puentes, diques, caminos, edificios, puertos, canales de riego, acueductos. El hombre cuenta con la fuerza muscular de sus brazos y la capacidad locomotora de sus pies. Es inmenso lo que, con tales fuerzas, logr; la civilizaci;n mesoamericana. Cunto ms lejos hubiera podido ir es un enigma. El camino real de avance de la gran masa de la humanidad ha seguido la senda de utilizaci;n de fuerzas como el viento y el agua, pero su aprovechamiento tard; en llegar, porque en realidad, para eso hac1a falta una previa acumulaci;n de saber y de materiales que no estaba dada. Lo que impuls; decisivamente la marcha adelante fue la gigantesca aportaci;n de fuerza animal: elefantes, bueyes y otros bovinos (yaks, bCfalos, etc), cam)lidos (llamas, camellos, dromedarios), en algunos lugares renos y perros de tracci;n; pero, sobre todo, )quidos, principalmente el asno y el caballo.  b  \~ 8 6." La civilizaci;n del caballo * La civilizaci;n humana actual es la civilizaci;n del caballo. Sin su auxilio no se hubieran podido construir las carreteras, ni levantar los museos y las bibliotecas, ni desarrollar la agricultura de los tiempos modernos, ni unir las ciudades por una potente y rpida red de transportes, ni llevar en grandes cantidades grano y v1veres del campo a la urbe, ni trasladar a los astilleros los troncos usados para hacer barcos, ni construir las fbricas, ni trazar los tendidos de l1neas f)rreas de los inicios del ferrocarril. Inventada la mquina de vapor, )sta comenz; a utilizarse masivamente en el siglo XIX para la navegaci;n y el transporte ferroviario "accesoriamente tambi)n para la manufactura textil y otras. Si bien, para algunos usos, eso fue desplazando el recurso a la energ1a caballar, el gigantesco crecimiento que tal cambio supuso para las fuerzas productivas requiri; una utilizaci;n adicional de energ1a, que, en las condiciones tecnol;gicas de la )poca, la mquina de vapor no pod1a suministrar. Conque, en vez de disminuir la utilizaci;n de la energ1a equina, la segunda mitad del siglo XIX y los primeros lustros del siglo XX vieron un aumento considerable de esa utilizaci;n. Las grandes urbes de comienzos del siglo XX funcionaban por la muchedumbre de equ1deos explotados para la tracci;n de bienes y de pasajeros. La mayor parte de las localidades no estaban ligadas directamente a la red ferroviaria, siendo preciso ahora transportar volCmenes much1simo mayores de mercanc1as, cosa que s;lo pod1a hacerse  \n$ por el uso del caballo.n$^ ~J& ԍComo lo recuerda Daniel Roche, [Roche], hab1a en Francia en 1930 tres millones de caballos "y eso que el declive en el recurso a la energ1a equina hab1a empezado algo antes de la I guerra mundial. Tambi)n hay que mencionar, claro est, el empleo b)lico del caballo (y de otros animales de tracci;n). Tal uso, asociado a las clases aristocrticas y privilegiadas, es el que otorg; al arte de la equitaci;n su alta distinci;n, su prestigio de escuela y su' o.,,AA refinamiento. Pero la verdadera historia, la historia de los hechos masivos de la vida cotidiana de las poblaciones, tiene ms que ver con esos otros usos del caballo que he mencionado ms arriba. A los equinos "y, en menor medida, a los dems animales de labor" somos, pues, deudores de ese trabajo para cada uno de los componentes de la edificaci;n de nuestra sociedad civilizada: la agricultura, el transporte, la edificaci;n de ciudades. S;lo ya entrado el siglo XX las nuevas tecnolog1as fueron eliminando el uso de la energ1a animal, principalmente de la equina, en un proceso de sustituci;n primero lento y luego acelerad1simo. Aunque hay territorios donde tal proceso aCn no se ha consumado, en general el uso del caballo ha cambiado radicalmente, pasando ese animal a ser ahora un instrumento de pasatiempo y ejercicio deportivo. Tan inmensos servicios prestados por la especie equina a la sociedad humana no han suscitado ni un suficiente reconocimiento ni un trato a la altura de la gratitud debida. No voy a decir que la relaci;n entre hombre y caballo se haya entendido como una en la que a )ste le incumb1an s;lo deberes "impuestos por el mandato del hombre" y no derechos. Como ya lo he se9alado ms arriba, esa visi;n extrema no se ajusta a la realidad de las mentalidades. Dijeran lo que dijesen aquellos fil;sofos que, espiritualizando al ser humano, lo  \ desligaban del mundo animal; ^ ~Jl ԍComo lo ha estudiado en detalle Richard Sorabji, la filosof1a antigua titube; acerca de si hab1a que reconocer pensamiento, conciencia y razonamiento a los animales nohumanos. Arist;teles se lo neg; pero, a cambio, expandi; el concepto de percepci;n, incluyendo en )l la memoria, de manera que muchas operaciones intelectuales pudieran caer en el campo de aquello que comparten el hombre y otros animales. El legado de ese pensamiento filos;fico recogido por la Edad Media no rebaja, pues, unilateralmente, a todos los nohumanos a la condici;n de seres carentes de pensamiento. predicaran lo que predicasen las confesiones religiosas de raigambre mosaica, que conceb1an la creaci;n de Adn y Eva como un origen absolutamente separado del de los dems miembros del reino animal e independiente del mismo; afirmaran lo que afirmasen muchos otros pensadores, como los aristot)licos que, sin caer en el espiritualismo, reservaban Cnicamente al hombre la capacidad de pensar  \ y la de inferir;` Xx^ ~J ԍPara una exposici;n magistralmente bien trabada de la tesis oficial de toda la tradici;n aristot)licoescolstica de que los  ~J animales nohumanos carecen de pensamiento (carent uita intellectuali) v. Bruta non intelligunt , Psychologia, pargrafos 108ss, pp. 446456.` fueran cuales fuesen las ideolog1as oficiales sobre la relaci;n entre el hombre y los dems animales; la gran masa de la poblaci;n siempre crey; que el caballo es un ser dotado de inteligencia y voluntad, que teme y espera, que quiere y que rehCsa, que sabe e ignora, y que sabe contar (cuando est acostumbrado a recibir tres latigazos  \ y ya ha recibido dos, est temiendo el tercero).$ ^ ~J' ԍEl divorcio entre el pensamiento elitista antropoltrico "que ve1a a los brutos  como individuos sin creencias ni voluntad" y el popular, que percib1a la comunidad entre humanos y nohumanos, la registra Sorajbi al recordar el episodio de un espectculo organizado por Pompeyo, que consisti; en acorralar a unos elefantes para matarlos. El pCblico, apiadado de los paquidermos, implor; con lgrimas la clemencia, castigando a Pompeyo por su crueldad. V. [Sorajbi], pp. 1245.$ Ms que nadie, ten1an tales creencias acerca de los animales no humanos, particularmente de los caballos, quienes, en su profesi;n, se ocupaban de ellos: o.,,AA instructores de equitaci;n, hipiatras, herradores, arrieros, cocheros, jinetes. No les es fcil a los historiadores saber exactamente qu) opinaban; en la medida en que nos han quedado testimonios, todos parecen haber presupuesto "unnimemente y sin el menor titubeo" que el caballo es un ser racional, con vicios y virtudes, que tiene personalidad y temperamento individuales, que tiene necesidades, que posee conocimiento y representaci;n, que unas veces se somete al mandato humano a viva fuerza y bajo pura coacci;n mas otras veces lo hace persuadido por una combinaci;n de halagos y castigos y por un clculo de su propio inter)s "en unas condiciones que )l no ha escogido. Es ms, no pocas de las descripciones que nos han dejado los maestros del arte ecuestre "que se escalonan a lo largo de casi 300 lustros, desde Jenofonte hasta los tratadistas de hipolog1a cient1fica de a9os recientes" nos revelan una idea del caballo que, ciertamente, hoy podemos considerar excesivamente antropom;rfica (y susceptible de rectificaci;n gracias a los avances de una etolog1a llevada a cabo con m)todos y protocolos rigurosos), pero que acerca la imagen de la psique equina a la de la humana, hasta el punto de que, leyendo a esos autores, tiene uno la impresi;n de que s;lo la configuraci;n somtica distingue al jinete y a su montura "lo cual no es ;bice para que se siguiera llamando bruto  al nohumano. Cabe hablar a veces de un contrato entre  \ el hombre y el caballo;^ ^ ~J ԍV. V)ronique de Saint Vaulry, Mieux que les aides, les contrats , Cheval Magazine n 340 (marzo 2000), acc. http://saintvaulry.pagespersoorange.fr/pages/articles11.htm 20101201. El contrato que redacta esa autora contiene una lista precisa de los deberes y derechos del jinete y los del caballo, al cual se concede un margen de autonom1a. Otros escritores sobre el arte ecuestre insisten en que la relaci;n s;lo es provechosa cuando se consigue que el caballo sienta confianza y respeto por su amo. V. Bob Russell, Respect and Trust vs. Injury , acc. http://www.buckingv.com/nh.html 20101206. Este autor cita la frase de un caballista: Your horse always notices when you notice or don't notice . A quienes niegan que los caballos u otros cuadrCpedos tengan conciencia o conocimiento de segundo orden ese aserto deber1a hacerlos reflexionar. Verdad es que tales afirmaciones se hacen en el contexto de un saber no cient1fico; pero tampoco es cient1fico el que tenemos generalmente acerca de los dems humanos.^ un contrato desigual, un acuerdo totalmente asim)trico, pero, as1 y todo, un convenio en el que el caballo aprende qu) le es l1cito y qu) le est prohibido, qu) obligaciones le incumben, qu) cargas y tratos tiene que soportar, y qu) expectativas puede tener como contrapartida. Si la principal de )stas es el alimento, no hay que olvidar que se trata de sociedades donde la mayor parte de la poblaci;n humana gastaba principalmente en comer porque el sustento era lo ms importante, casi lo Cnico considerado genuinamente necesario. De todos modos ese contrato tambi)n proporcionaba al caballo otras expectativas: cobijo, cuidados, cierta protecci;n. Si en fil;sofos plat;nicos como Plutarco el reconocimiento de la capacidad de pensar de los animales no humanos conlleva tambi)n una actitud de benevolencia y  \J benignidad hacia ellos, J^ ~J% ԍV. La concepci;n proanimalista de Plutarco ha sido estudiada en rigor por Sorajbi. V. en particular [Sorabji], p. 125 y pp. 1789. no sucede lo mismo en la masa de la poblaci;n, culta o ignorante, que, habi)ndoselas en su praxis diaria con los caballos, les atribu1a esas cualidades de inteligencia y voluntad. En su tratado de equitaci;n Jenofonte ofrece consejos de cierta suavidad en el manejo de la montura, pero sobre todo para )l se trata de evitar la crueldad gratuita o inCtil, principalmente los castigos motivados por la c;lera. En algunas pginas de su  o.,,AA famos1simo escrito no deja de hacer recomendaciones que, sin duda, calificar1amos de crueles. No propone ni siquiera innovaci;n alguna en el uso de los arneses de su )poca,  \ que eran instrumentos de tortura.^ ~J~ ԍAs1, p.ej., Jenofonte ([Xenophon] VIII 3) recomienda, para obligar al caballo a saltar: Si no quiere [saltar], golp)ele alguien con un ltigo o un palo por detrs con la mayor violencia posible . Pero Jenofonte no duda que el caballo es un ser que razona y aprende a cumplir su deber que hay que explicarle por un c;digo semi;tico no verbal (VIII 13). Reconoce asimismo Jenofonte  ~J que el caballo tiene conductas y es un sujeto con acciones y preferencias. Tambi)n dice en otro texto (la Ciropedia) que es capaz de dar o rehusar su aquiescencia, incumbiendo al buen jinete obtenerla. Y es que la equitaci;n de la Grecia clsica era dif1cil y muy violenta, porque el hombre no hab1a inventado aCn instrumentos de dominio ms eficaces que se irn ingeniando en siglos posteriores: la silla, el estribo, la herradura. Al llegar la imprenta en el siglo XV, se produce una elevaci;n del arte ecuestre gracias, no s;lo a las academias italianas de equitaci;n, sino a la difusi;n internacional de sus manuales. Ya en el siglo XVI descuella el napolitano Federigo Grisone, quien es  \ autor de Gli ordini di cavalcare, 1550. x^ ~J ԍUn siglo antes de la obra de Grisone hab1a aparecido De equo animante de Leone Battista Alberti (1441), quien parece que hab1a le1do a Jenofonte en griego; la primera traducci;n latina de Jenofonte se publica en 1537. Grisone dulcifica los instrumentos de control por una observaci;n ms precisa del comportamiento equino, pero, a la vez, inventa tremendos trucos coercitivos para intimidar a los caballos refractarios. A los que tienen una voluntad viciosa hay que someterlos a la obediencia humana a viva fuerza "lo cual no le impide afirmar que ama mucho a los caballos. De todos modos, no olvidemos que esos maestros viven en sociedades que no son muy compasivas con los propios humanos de las clases sociales inferiores "y que, en particular, pueden mostrarse ms duras para con los esclavos humanos que para con los no humanos. En pos de Grisone vendrn otros como el ferrarense Cesare Fiaschi y el tambi)n napolitano Giambattista Pignatelli, quien instruye al franc)s Antoine de Pluvinel (15521620), a cuyos m)todos persuasivos de doma y amaestramiento han contrapuesto algunos  \ los ms conservadores de Salomon de la Broue (15301610).O@^ ~J~ ԍAlgunos ofrecen una visi;n ms favorable al gasc;n de la Broue, quien tambi)n fue disc1pulo de Pignatelli. Fue autor del  ~JF primer tratado franc)s de equitaci;n, Des pr)ceptes du cavalerice fran'ois, La Rochelle, 1593. En ese libro escribe: Le libre consentement du cheval am/ne plus de commodit)s que les rem/des par lesquels on tche de le contraindre . De la Broue tendr una influencia p;stuma mayor que la de su contemporneo y rival, Pluvinel, quien no public; nada durante su vida; su  ~J! obra p;stuma ser L'Instruction du roi en l'exercice de monter ! cheval. Los dos principios de las innovaciones de Pluvinel fueron los de ponderaci;n y tacto, plasmados en estas dos mximas: (1) no hay que descuidar la psicolog1a del caballo; y (2) )ste es un ser sensible e inteligente, cuyo bienestar hay que tomar en consideraci;n. Por eso descart; varios procedimientos brutales que recomendaban sus predecesores, los maestros italianos.O Esos maestros "junto con el ingl)s William Cavendish, marqu)s de Newcastle (15921676)" son los fundadores de la escuela barroca. Su ms brillante ilustraci;n ser la Escuela de equitaci;n espa9ola de Viena, all1 establecida por el emperador Carlos VI "muerto en 1740" tras su derrota como pretendiente al trono de Espa9a durante la guerra de sucesi;n (17021714). Ya en el siglo XVIII surge, a partir de ah1, la escuela clsica propiamente dicha, instituida por Fran'ois Robichon de la Gu)rini/re (16881751), quien racionaliza y8o.,,AA  \ dulcifica el arte de la equitaci;n.^X^ ~J ԍFran'ois de la Gu)nimi/re fue autor de (cole de la cavalerie (1729), biblia de la equitaci;n, que retoma la tradici;n anterior, depurndola de las prcticas crueles y de m)todos rebuscados o excesivamente severos. Su obra rezuma el esp1ritu ilustrado y racionalista de su siglo.^ La Gu)rini/re muere el mismo a9o en que el primer  \ volumen de L'Encyclop)die viene publicado por Diderot y d'Alembert, quienes invitan a Claude Bourgelat (17121779) "abogado lion)s y director de una academia ecuestre en la ciudad del R;dano" a encargarse de redactar los art1culos sobre temas h1picos. Bourgelat escribir unos 250, adems de haber corregido los de otros colaboradores precedentes; hab1a conocido a La Gu)rini/re, cuya obra continCa, pero sobre una base  \ ms cient1fica, puesto que va a ser el fundador de la hipiatr1a moderna.^ ~J ԍV. Fr)d)ric Magnin, Airs, en terme de Man/ge: La fabrique des articles consacr)s ! l'art )questre dans l'Encyclop)die   ~JP de Recherches sur Diderot et sur l'Encyclop)die, 2009/1 (n 44) El lema de ambas escuelas es el de gobernar al caballo como un buen monarca gobierna a sus sCbditos, con la menor violencia posible, obteniendo su aquiescencia  \B aunque fuera forzada.XB @^ ~JD ԍLa mayor aportaci;n al estudio de esas tradiciones y al anlisis de su enorme significaci;n t)cnica, econ;mica, pol1tica y  ~J  cultural la ha hecho el fecundo especialista franc)s, Profesor Daniel Roche (del Coll/ge de France), en una larga serie de art1culos, libros y conferencias, de los que mencionar) s;lo uno: [Roche]. La comparaci;n se erigi; en una visi;n ampliamente reiterada de la monarqu1a absoluta, en una imagen un tanto id1lica, en la cual el rey transmitir1a su voluntad al pueblo casi sin que se notara y ser1a prestamente obedecido como si  \0 formaran un solo cuerpo.0 ` ^ ~JR ԍSobre la frecuente comparaci;n entre el arte ecuestre y la pol1tica del monarca, v. A Blaineau, [Blaineau], pp. 206ss. En el siglo XIX tiene lugar una divisi;n de corrientes que escindi; a la alta sociedad de la )poca entre la que encabez; Fran'ois Baucher y la de Antoine Cartier d'Aure, que continuaba "simplificndolas" las tradiciones de la equitaci;n militar o de alta escuela. Baucher, que se vio como un innovador, es famoso por su eslogan (tomado de su maestro italiano Federigo Mazzuchelli): aniquilar toda voluntad del caballo, reemplazndola por la del jinete . Es dif1cil expresar ms claramente el reconocimiento de que el caballo es un ser dotado de voluntad. A pesar de la enormidad de ese prop;sito  \v aniquilatorio, parece que Baucher fue suavizando sus m)todos..Xv ^ ~J(! ԍLos eruditos se refieren a un Baucher segunda manera  que, en lugar de aniquilaci;n, habl; de reducci;n y de armonizaci;n. Baucher sufri; un grave accidente en 1855, de resultas del cual padeci; una discapacidad para el resto de sus d1as.. Frente a Baucher reacciona un autor espa9ol, J. Hidalgo y Terr;n en (Hidalgo, 1883): Negar a Mr. Francisco Baucher su competencia en el arte h1picoecuestre ser1a el mayor absurdo  (v. II, p. 219). Sin embargo, Hidalgo se muestra muy cr1tico con su m)todo (que raya en lo absurdo e inhumano , y pone al caballo en una sobreexcitaci;n nerviosa imposible de descifrar , a diferencia de la suavidad, el halago, la paciencia  de la equitaci;n clsica: p. 224). La equitaci;n es, para Hidalgo, el arte del cabalgador de gobernar al caballo usando unas ayudas para indicarle su voluntad (v. I, p. 43). Nuestro autor entiende que2o.,,AA hay una aut)ntica comunicaci;n entre jinete y caballo, afirmando: han de ser sus  \ indicaciones claras, precisas y combinadas .}^ ~J ԍHidalgo est apuntando aqu1 una dificultad que sufre el destinatario de unas normas cuando son confusas o contradictorias entre s1; es el problema que Lon Fuller abord; con su teor1a metajur1dica que introduc1a, entre otros constre9imientos del concepto de Derecho, los de congruencia y claridad. Cuando se violan, se produce un estado de perplejidad. Que el caballo experimente perplejidad o duda refuta el argumento de Davidson en contra de que los animales nohumanos tengan creencias, porque dizque no tendr1an dudas. V. al respecto la discusi;n en [Sorajbi], p. 43.} Y es que, como sucede en cualquier sistema semi;tico, las se9ales de que se sirve el hombre para comunicarle al caballo sus instrucciones pueden ser claras u oscuras, precisas o difuminadas, con una franja de graduaciones. Similarmente, Hidalgo sostiene (v. I, p. 163) que hace falta un conocimiento exacto del genio y la personalidad de cada caballo. Unos son col)ricos, y hasta vengativos (llegando al suicidio); otros pecan de cobardes o perezosos. Caballo malicioso es el que retiene sus fuerzas por picard1a y espera siempre la ocasi;n de ganar al ginete para emprender cualquier g)nero de defensa y conseguir librarse de la opresi;n del hombre; [8] el d1a en que encuentran ocasi;n, emprenden la defensa de nuevo y aCn con ms vigor . Hidalgo loa al buen caballo verdadero, paciente, sufrido y noble , d;cil e inteligente , culpando de su rebeld1a a los malos )quites porque se ve mortificado y constantemente provocado por ese cCmulo de exigencias que tan frecuentemente sufre de parte de los aficionados  (p. 41, v. II). Hidalgo condena los malos tratamientos  (v. II, pp. 233ss) como m)todo para amansar a los caballos dif1ciles, interpelando a un autor franc)s en estos t)rminos: Ahora bien: Este caballo se ha domado? Se ha entregado por convencimiento? . A su juicio, sin privarles absolutamente de nada y, por el contrario, prodigndole los mayores cuidados  se consigue que se entreguen por voluntad y convencimiento. Esas ideas asombran hoy. En el mundo h1pico actual suelen usarse otras expresiones. De un lado, se quiere prescindir del antropomorfismo. Ya no se habla de la voluntad del caballo ni de su convencimiento; a veces hasta se omite hablar del complejo sistema de signos ntropoh1pico. Se rebaja el caballo a un ser perceptivo que ni piensa ni tiene conciencia y al cual se adiestra o amaestra con reflejos condicionados pavlovianos. De otro lado, en la medida en que se opta por un mayor reconocimiento de las necesidades de bienestar del caballo "reconoci)ndolo, expl1cita o impl1citamente, como un ser consciente", chirr1a hablar de sumisi;n, obediencia, rebeld1a, formulndose las relaciones cual si se tratara de cooperaci;n, camarader1a y amistad. Creo que por ambos lados se ha retrocedido desde los tratados decimon;nicos.  \ En cuanto a lo segundo, digo que la hipocres1a no merece ser catalogada de virtud.v x^ ~J' ԍUna cr1tica a los discursos del estilo bonach;n aqu1 criticado la ofrece el coronel de caballer1a Lo5c de la Porte du Theil, defensor de la tradici;n militar clsica francesa. Aun recomendando la benevolencia en el ejercicio ecuestre, afirma que el jinete  ~J^) tiene que conseguir e imponer la sumisi;n del caballo; lamenta, segCn sus palabras, une certaine mouvance baba cool [qui] voudrait laisser croire qu'il suffit d'un murmure dans le creux de l'oreille du cheval pour le dresser . Ni un instante duda que el jinete necesita que la voluntad del animal equino se adhiera a la del humano, insistiendo en que tal adhesi;n, junto con la costumbre de obedecer, no se alcanzan ni a viva fuerza ni s;lo por la sugesti;n; que la dulzura no ha de implicar permisividad.+o.,, Agrega que el equino tiene que saber que el hombre es el amo. Hasta haberlo comprendido, el caballo planea sus resistencias, espera las ocasiones para iniciar una secuencia acumulativa de insumisiones, que hay que ir venciendo. Est)n de acuerdo o no con sus recomendaciones, todos concordarn en que presentan una imagen del caballo como ser voluntarioso, con planes de vida, inteligent1simo y racional, al que el hombre s;lo somete cuando logra ser aCn ms voluntarioso e inteligente. Su opini;n no hace ms que reflejar el consenso en el mundo h1pico acerca del caballo como un ser que entiende y modifica sus creencias al inferir conclusiones de premisas. V. http://www.amisducadrenoir.fr/page_11.htm, acc. 13 Sept. 2010.v @o.,,AA La relaci;n entre el hombre y el caballo podr ser beneficiosa para )ste (desde luego el caballo dom)stico dif1cilmente podr1a sobrevivir en un medio no humano, as1 que tiene inter)s vital en sujetarse al dominio del hombre); podr, y deber, ser un dominio suave, moderado, compasivo; pero al caballo no se le pregunta si quiere o no ser montado ni si desea o no recibir las se9ales humanas por medio de las llamadas ayudas  "que no son ciertamente indoloras. Sus primeras reacciones prueban que es forzada su aceptaci;n de esa compa91a humana, jams en pie de igualdad. Las cosas como son! En cuanto a lo primero, o sea la acusaci;n de antropomorfismo, no deja )sta de tener su parte de fundamento ver1dico. Las emociones y vivencias ps1quicas de individuos de otras especies no son probablemente id)nticas a las humanas. Adems, todav1a la etolog1a "y en este caso concreto la hipolog1a" no ha avanzado suficientemente para poder atribuir con seguridad a los miembros de la especie equina vivencias que podamos denominar o describir en t)rminos de correspondientes vivencias humanas. Estamos en un terreno en gran medida precient1fico; nuestro saber es inexacto, aproximativo y anal;gico. No obstante, hay que evitar caer en el error inverso, el antiantropomorfismo. Quienes, a lo largo de la historia, han trabajado con caballos s;lo han conseguido dar un sentido a su relaci;n con ellos en t)rminos de seres con entendimiento y voluntad. Aunque haya en tales apreciaciones un margen de error y de imprecisi;n, es inveros1mil que se haya tratado de un malentendido o de una pura ilusi;n como la de creer en duendes o en ninfas o atribuir voluntad a un volcn o sensibilidad a un rbol. Ms probable parece que su visi;n tenga un fundamento y corresponda, aproximadamente, a la realidad. Por otro lado, existe un estrecho parentesco entre hombres y caballos, que comparten un amplio patrimonio gen)tico, lo cual no prueba pero s1 sugiere que poseen  \ muchas similitudes no s;lo somticas, sino tambi)n neurops1quicas.@^ ~J! ԍV. C. M. Wade et al. Genome sequence, comparative analysis, and population genetics of the domestic horse , Science, Vol. 326/5954, pp. 865867 (20091106), DOI: 10.1126/science.1178158. De todos modos, queda mucho por averiguar. El estudio etol;gico de los animales no humanos domesticados es todav1a incipiente.  b  \ w  7." Abolici;n de la esclavitud animal?  \ *  Hemos visto c;mo la sociedad humana, en su evoluci;n, lleg; "aunque tard1amente" a incorporar a individuos de otras especies, tal vez al comienzo por voluntad de )stos (los primeros canes asociados a cazadores del Cltimo per1odoz"o.,,AA paleol1tico), pero despu)s por imposici;n humana. Una incorporaci;n as1 constituye una variedad de sociedad o asociaci;n interespec1fica, que es un fen;meno ampliamente representado en los diversos mbitos del ser vivo y, ms concretamente, en el reino animal. Tambi)n hemos podido hacer un anlisis de los dos tipos principales de esa incorporaci;n: cautiverio y domesticaci;n. Nuestro recorrido se ha centrado en algunos nohumanos domesticados, que han sido, a lo largo de los Cltimos milenios, nuestros auxiliares forzosos, sin los cuales no habr1amos acumulado las fuerzas productivas hasta edificar una civilizaci;n como la actual. La relaci;n que les hemos impuesto ha sido la de esclavitud, ni ms ni menos. Id)ntica "no meramente similar" a la que un1a a unos hombres con otros hasta la abolici;n de la esclavitud humana. Las relaciones entre amo y esclavo pueden ser duras o blandas. En diferentes per1odos hist;ricos ha habido esclavos bien tratados, cuyo bienestar ven1a protegido por el amo y que incluso gozaban de un margen concedido de autonom1a "desde luego muy limitada y nunca asegurada". Lamentablemente tales situaciones han sido excepcionales. El trato prodigado por los humanos a sus esclavos animales no ha sido mejor, sino, en general, mucho peor. Hemos visto tambi)n que la condici;n de esclavo no implica la ausencia total de derechos, una ausencia inconcebible cuando a un ser dotado de voluntad se le imponen deberes y prohibiciones. Igualmente hemos recordado que ha sido, a lo largo de la historia, exiguo el elenco de los derechos concedidos a los esclavos, humanos o no humanos; y que en )l se han incluido s;lo derechos m1nimos. Eran sociedades duras, donde la crueldad era cotidiana y frecuente y donde la compasi;n no abundaba, porque los recursos tampoco abundaban. Siendo sociedades temporalmente muy pr;ximas a la nuestra "unas pocas generaciones nos separan", eran de una precariedad, de una pobreza y de un primitivismo de medios t)cnicos que nos har1an horrorizarnos si tuvi)ramos que vivir en ellas durante un a9o. Nuestra sociedad ha resuelto el problema de la esclavitud humana aboli)ndola. Los hombres que eran esclavos pasaron a ser, primero libres, y despu)s iguales en derechos a los dems. Tal distingo ha dejado de existir. (Otras injustas desigualdades sociales persisten.) En la )tica animalista contempornea, una gama ampl1sima de corrientes se pronuncian en contra del especismo, o sea de cualquier punto de vista segCn el cual la pertenencia de especie es moralmente relevante. El antispecismo predica un trato igual de los moralmente iguales. Y ve como moralmente iguales a todos los seres con  \$ capacidad de percibir y padecer, o sea dotados de sentiencia. Ese trato moralmente igual no significa los mismos derechos, evidentemente, puesto que nadie propone el derecho de voto para los no humanos; mas s1 el reconocimiento de algCn derecho fundamental comCn del cual se derivar1an despu)s los derechos de cada uno. As1, el derecho a un trato igualmente respetuoso para todos los sentientes "el respeto, p.ej., al principio de dignidad animal preconizado por Martha Nussbaum"L*o.,,AA llevar1a luego, en su aplicaci;n concreta, a derivar tales derechos para los animales humanos y tales otros para los no humanos. Un inconveniente de ese enfoque )tico es que es un planteamiento transcendental. No tiene en cuenta que las reglas morales y las jur1dicas surgen naturalmente en una sociedad para propiciar el bien comCn de sus miembros, por lo cual las reglas dise9adas por una sociedad prevalentemente compuesta por seres de una especie sirve, ante todo, a dichos seres. Todos los animalistas a quienes he le1do admiten que los miembros de una especie, sea la que fuere, tienen derecho a la vida y, por lo tanto, a buscarse la vida segCn lo posibiliten su anatom1a y su fisiolog1a, aunque sea a costa de otras. Los carn1voros tienen derecho a cazar y los herb1voros a defenderse de esa caza. A tenor de ese principio general, los humanos tienen y han tenido derecho a cazar y a pescar. En qu) medida la caza y la pesca actuales respondan a genuinas necesidades es muy cuestionable. Lo que me parece seguro es que, si la base para reconocer un derecho a cazar o pescar es )sa, entonces los hombres perdern pronto (y muchos lo han perdido ya) tal derecho a cazar y pescar, porque no lo van a necesitar para alimentarse. Tambi)n han tenido los humanos derecho a cautivar y esclavizar a individuos de otras especies, aunque ese derecho siempre haya ido acompa9ado de un deber de cierto respeto m1nimo a los individuos cautivos y domesticados (esclavizados). De nuevo cabe preguntarse hasta qu) punto las justificaciones siguen valiendo. Es dudoso en qu) medida necesitamos a esos nohumanos, sea para la experimentaci;n cient1fica, sea para matarlos y comer su carne o sea para aprovecharnos de su trabajo o de cualquier otra manera. La dieta vegetariana es ms sana y razonable, ecol;gicamente preferible, ms respetuosa del bienestar animal y much1simo ms apta para resolver el problema del  \B hambre en el mundo.xB^ ~J ԍSi bien es un asunto muy discutido, varios estudiosos del problema del hambre consideran que su principal causa hoy es el aumento de la ganader1a destinada al sacrificio, la cual consume unas cantidades crecientes de agua y alimentos que podr1an sustentar a un nCmero mucho mayor de individuos de nuestra propia especie, actualmente desnutridos. Desde el ngulo del animalismo, opino que la opci;n vegetariana es la Cnica admisible (salvo en caso de necesidad). Desarrollar mi argumento desborda los l1mites de este ensayo. (No se me ocultan las dificultades de varia 1ndole que suscita la propuesta vegetariana.) Un ataque bien argumentado en contra de la tesis de que el vegetarianismo est implicado por la defensa del bienestar animal  ~J|! lo ofrece el libro de R. G. Frey Rights, Killing and Suffering: Moral Vegetarianism and Applied Ethics, Blackwell, 1983. Tambi)n el aprovechamiento del trabajo animal va a ser cada vez menos necesario, siendo ya totalmente prescindible en muchos territorios del planeta. Aun admitiendo que es as1, y aun acercndome mucho a la tesis antispecista, no la suscribo. No creo que la pertenencia de especie sea moralmente irrelevante. Lo que sostengo es que no es una diferencia abismal de todo o nada. Es )ticamente aceptable que nuestra sociedad humana conceda y reconozca ms derechos a los humanos y menos a los no humanos, no s;lo porque ellos no necesitan algunos de los derechos que reclamamos para nosotros "como la libertad de palabra o el sufragio" sino, bsicamente, porque somos nosotros quienes marcamos el c;digo de deberes y derechos que nos relaciona con individuos de otras especies incorporados a#o.,,AA nuestra sociedad. En un sentido lato podemos decir que negociamos con ellos esa tabla,  \ en funci;n de su resistencia, haci)ndoles ver que llegamos a un modus vivendi al que no les queda ms que amoldarse, una vez que lo hemos establecido. Uno de los lemas con que se expresa a menudo la reivindicaci;n antispecista es el del fin de la esclavitud animal o, lo que viene a ser igual, la abolici;n del concepto de un animal como un bien susceptible de propiedad. (Sobre la igualdad prctica entre ambos conceptos volver) en seguida.) Esa abolici;n, sin embargo, si ha de ir ms all de la maniobra puramente verbal, ha de significar que ningCn individuo de otra especie est) sujeto a cautiverio o domesticidad. Se me ocurren tres medios imaginables para conseguirlo, pero tienen consecuencias inaceptables: (1) dar muerte a todos los cautivos y domesticados; (2) ponerlos en libertad "aceptando su compa91a o presencia en nuestros hogares o campos si ellos libremente lo piden"; (3) abrir para ellos espacios geogrficos separados  \ (apartheid de especie), en los cuales se los obligar a residir y a los que nosotros no tendremos acceso. Un lema todav1a ms radical es el de la liberaci;n animal. En realidad, se tratar1a de implementar el segundo o el tercero de los dos medios reci)n considerados. Esa norma de liberaci;n animal es, probablemente, la conclusi;n l;gica de dos premisas juntas: la de abolici;n de la esclavitud animal y la prohibici;n de dar muerte. Si tomamos en serio el argumento antispecista, llegaremos a esa conclusi;n, porque el antispecismo no ser compatible con la licitud del exterminio de especies no humanas. Cuando Thomas Jefferson, a fines del siglo XVIII, acarici; la idea de una emancipaci;n colectiva de los esclavos humanos de los Estados Unidos de Am)rica, sostuvo que hab1a que posponerla hasta que fuera posible un plan masivo de limpieza )tnica consistente en expulsar, coercitivamente, a todos los negros de Norteam)rica rumbo a frica. (Tales ideas se plasmarn, decenios despu)s, en la creaci;n del Estado de Liberia.) Jefferson era un latifundista due9o de vastas plantaciones con much1simos esclavos. No pod1a admitir que en la sociedad americana civilizada se permitiera que todos esos negros anduvieran libres (a pesar de que desde hac1a siglos hab1a negros libres y emancipados, aunque a la saz;n carentes de ciudadan1a). Jefferson ten1a una visi;n del ser humano err;nea e insincera, porque desment1a su pomposa frase, estampada en la declaraci;n de independencia de 1776 "en buena medida redactada por )l", de que todos los hombres son creados iguales y dotados por su creador con derechos inalienables a la vida, la libertad y la busca de la felicidad. Los errores de Jefferson eran dos. Primero, cre1a en la existencia de razas humanas. Y, segundo, pensaba que unas poblaciones humanas son inferiores y otras superiores. Imaginemos que hubiera llevado raz;n en ambas cosas. P.ej, pensemos que, en lugar de haberse quedado sola en el planeta para representar a toda la especie  \' humana, nuestra raza, la del homo africanus "tambi)n llamada homo sapienssapiens y anteriormente hombre de Cromagnon ", hubiera continuado coexistiendo con otras razas (o subespecies o variedades "dejo a los antropopaleont;logos zanjar esa duda):  \* el homo europeus, o neanderthalense, y otras ms. Imaginemos, adems, que esas diversas razas tuvieran aptitudes intelectuales de desigual nivel. Y sigamos imaginando+o.,,AA  \ que, en tal coexistencia, el homo africanus, o sea nosotros, hubiera, aprovechando su  \ superioridad intelectual, esclavizado al homo europeus y a otras razas. El progreso de las ideas )ticas hubiera llevado, antes o despu)s, a abolir tal esclavitud; pero entonces se hubieran planteado dilemas dif1ciles. Este experimento mental lo interrumpo aqu1, dejando al lector el placer de continuarlo segCn su fantas1a. Mucho ms dif1cil ser1a el dilema que nos plantear1a un proyecto de liberaci;n animal, o de fin de la esclavitud animal, porque, en la hip;tesis del escenario reci)n imaginado, se tratar1a de c;mo podr1amos coexistir "sin dominar unos a otros" variedades diferentes de la misma especie, que podr1an, tal vez, llegar a un compromiso de repartirse zonas geogrficas del planeta. El fin de la esclavitud animal implicar1a, en cambio, opciones ninguna de las cuales es aceptable. Algunos autores se han recreado en describir lo que suceder1a si se adoptara alguna de esas opciones. Para mis prop;sitos no es menester entrar en tales  \ detalles. ^ ~J ԍUn escenario de horror de los imaginables resultados de la abolici;n de la propiedad animal aparece en David Favre A New Property Status for Animals  en [Sunstein & Nusbaum], pp. 23450. La intenci;n del autor es refutar tales temores. Favre propone que la relaci;n de dominio pleno del animal humano sobre uno nohumano sea reemplazada por una relaci;n definible  ~J en t)rminos de common law que vendr1a a ser una especie de fideicomiso.  b  \   8." Por un nuevo estatuto jur1dico del animal no humano * Si, por consiguiente, no parece viable pensar en una abolici;n de la esclavitud animal, o sea en poner fin a las dos situaciones jur1dicas en que hoy se encuentran entre nosotros muchos miembros de otras especies "la de cautivos y la de domesticados", eso  \V no significa que la Cnica alternativa sea la de mantener exactamente el status quo.  \ El status quo no es, en rigor, un status, sino que est en proceso de cambio. De un lado, se ha otorgado a muchos no humanos una protecci;n por el C;digo Penal, que, al imponer prohibiciones a los humanos, concede indirectamente a los no humanos el derecho correlativo de estar libres de ciertos maltratos. Por otro lado, la legislaci;n medioambiental tambi)n a veces les ha reconocido algunos derechos, si bien esa misma legislaci;n es, tal vez ms a menudo, lesiva para los animales domesticados (p.ej. con la reintroducci;n coercitiva de depredadores, que hacen sufrir lo indecible a poblaciones de animales domesticados a quienes entregamos indefensos a sus garras). En tercer lugar, existen c;digos deontol;gicos profesionales, con fuerza jur1dica, que "en diversos mbitos de actividad" van paulatinamente reconociendo unos derechos de bienestar a una gama cada vez ms amplia de animales: legislaci;n sobre crianza, transporte, mataderos, ejercicio de deportes ecuestres, animales hogare9os. En tales casos las violaciones de esos derechos animales pueden dar lugar a sanciones no penales. Estn faltando dos cosas esenciales, que son las que hoy se plantean. En primer lugar, y sobre todo, est faltando una norma sustantiva con rango de ley que establezca la tabla de derechos y deberes que tienen los due9os de animales no humanos con relaci;n a ellos "tabla que, por v1a de consecuencia l;gicojur1dica, implica otra,&o.,,AA correlativa, de obligaciones que a esos due9os les es l1cito y hasta obligatorio imponer a los animales no humanos de su propiedad y de los derechos que tienen que  \ reconocerles. ^ ~J~ ԍInterpelan a los defensores de la idea de derechos animales alegando que quien no tiene deberes no puede tener derechos. Pero los animales no humanos que viven entre nosotros tienen deberes. Sus due9os estn legitimados para impon)rselos y para sancionar el incumplimiento. No es directamente la ley la que impone los deberes "salvo el gen)rico de soportar los mandamientos del due9o. (O es que sobre los esclavos humanos no pesaba deber alguno cuando la ley no dec1a cules?) Lo que sucede es que el ejercicio de la potestad dominical est necesitando una ley que lo regule en el respeto a los valores superiores, entre otros el de fraternidad animal. A tenor del Estatuto jur1dico del animal nohumano (domesticado o cautivo), )ste seguir1a teniendo el deber de obediencia a su amo, quien, a su vez, tendr1a la obligaci;n de mandarles respetar los intereses ajenos y el bien pCblico. Las sanciones por actos de desobediencia se seguir1an confiando igualmente a los amos. No se trata de restablecer los juicios espordicos de animales nohumanos que sucedieron a fines de la Edad Media en varias localidades y que constituyen un enigma hist;ricojur1dico. Un punto de vista muy diferente del aqu1 propuesto es el de Tom Regan "en [Regan], p. 285", para quien hay una dicotom1a conceptual entre pacientes y agentes morales; los primeros s;lo tienen derechos, mas no deberes, por carecer de las capacidades cognitivas y otras necesarias para dar cuenta de lo que han hecho o dejado de hacer . En su visi;n kantiana s;lo estn sujetos a obligaciones los individuos capaces de determinar sus decisiones por razones imparciales. No es una exigencia desmesurada? Y, en segundo lugar, derivativamente, est faltando una norma procesal que permita reclamar el respeto a los derechos as1 reconocidos a individuos de otras especies; un cauce que no sea el sancionatorio, ni por lo tanto el penal, sino que transcurra por las  \R v1as del derecho civil.XR ^ ~J ԍPuede sorprender una propuesta de conceder derechos procesales a los animales nohumanos incorporados a nuestra sociedad "sin cuestionar su condici;n jur1dica de objetos bajo la propiedad o el dominio de personas f1sicas o jur1dicas". No soy el Cnico en proponerlo. Ver Cass R. Sunstein, Can Animals Sue?  en [Sunstein & Nussbaum, 2004], pp. 251262. Ambas reformas juntas equivalen a reconocer la personalidad jur1dica del animal domesticado o cautivo, igual que en las sociedades esclavistas se reconoci; a veces (no  \ siempre) la personalidad jur1dica del esclavo. ^ ~J ԍSobre los pleitos en los cuales algunos esclavos, o sus representantes, actuaron como parte litigante, v. [Steven M. Wise], pp. 100ss. Esa doble reforma legislativa es perfectamente realizable, a la altura de los tiempos; podr1a empezar siendo modesta, para ir ampliando despu)s el catlogo de derechos; o, al rev)s, podr1a emprenderse de entrada un plan ambicioso. El due9o de un animal no humano conservar1a, con respecto a )l, el derecho de propiedad, o sea el triple derecho de usar al animal, aprovecharse de )l y disponer de )l  \~ (ius utendi, fruendi et abutendi), pero con limitaciones, en el respeto a los derechos de los dems humanos y del propio animal bajo su dominio. (Cualquier derecho de propiedad es limitado.) Entre los derechos del due9o estar1an: limitar la libertad del animal nohumano en cuesti;n; usarlo para su propio servicio sin abusar de sus fuerzas; y corregir, moderada y proporcionadamente, su indisciplina. Entre los derechos del animal no humano estar1an: (1) el derecho de libertad en todo cuanto fuera compatible con el uso y disfrute leg1timos del propietario y con los intereses asimismo leg1timos de otros miembros de la comunidad "humanos y no humanos; y (2) derechos de bienestar: cuidados veterinarios, alimentaci;n suficiente,o.,,AA esparcimiento, actividad y ejercicio f1sico, trato nohumillante, comunicaci;n, cobijo,  \ protecci;n frente a las agresiones.z^ ~J ԍEn este punto tal vez el lector puede preguntarse si el autor de este ensayo considera que a nuestros hermanos inferiores hemos de tratarlos con justicia, si la justicia ha de regir nuestras relaciones con ellos. Desde luego que s1. Prefiero entender por justicia  uno de los valores que han de presidir el ordenamiento jur1dico y que consiste en dejar o dar, sin discriminaci;n, a cada uno lo suyo. En sentido lato, justo es lo justificado, o sea la conducta o decisi;n no arbitraria. En cualquiera de los sentidos estamos obligados a ser justos con todos, humanos o no humanos.z En el mbito procesal se tratar1a de autorizar a que el respeto a esos derechos del animal no humano pudiera, en su nombre e inter)s, reclamarse en sede judicial por oficinas u organizaciones "pCblicas o privadas" de defensa de los animales y por determinados individuos humanos que pudieran aducir un inter)s leg1timo y personal, en virtud de relaciones de vecindad u otras similares. La decisi;n judicial favorable a los derechos del animal no humano implicar1a un mandamiento de conformidad "con una prohibici;n de continuar la actuaci;n violatoria de derechos", el pago de las costas procesales y, en ciertos casos, una indemnizaci;n que engrosar1a un fondo pCblico de tutela de los animales (con el cual se podr1an sufragar gastos para remediar la incuria y el abandono de ciertos propietarios).  b  \ # 9." Objeciones  \ *  1. Si se promulgara esa ley del Estatuto del animal no humano, entonces a todos ellos habr1a que tratarlos igual, mientras que, en realidad, pertenecen a especies muy diversas, que no se relacionan con nosotros del mismo modo. En lugar de eso, la agenda razonable empezar1a por conceder un estatuto jur1dico a nuestros parientes ms cercanos, los grandes simios.  \  Respuesta . Lo uno no quita lo otro. Pero, en general, no es verdad que el reconocimiento del estatuto jur1dico del animal no humano implique la igualaci;n de los derechos y deberes de todos. El texto de la ley precisar1a que tales derechos son diversos segCn las necesidades y posibilidades del animal y segCn su relaci;n con los humanos. Habr1a una escala, una graduaci;n, la cual podr1a tomar en consideraci;n dos factores: el grado de convivencia y el de parentesco interespec1fico.  \.  2. No es ya una vejaci;n, una cosificaci;n, considerar al animal un objeto de propiedad, o sea un esclavo? No es ello incompatible con su reconocimiento como sujeto de derechos, o sea persona?  \  Respuesta . No lo es. Un sujeto de derecho puede carecer de libertad y estar bajo  \ el dominio de alguien. En el Derecho romano se us; la expresi;n de persona seruilis. Evidentemente un sujeto de derechos que es, a la vez, un ser o un bien en propiedad de alguien tiene un estatuto jur1dico particular. De eso se trata. Nada se gana discutiendo si los animales no humanos son cosas, porque cosa  puede querer decir cualquier cosa, cualquier ente. Si por cosas  se entiende nopersonas , entonces no son cosas.  \$  3. Si el fundamento leg1timo para establecer unas reglas de conducta es el hecho de que las decide una comunidad para su propia conveniencia, entonces, por las mismas,%xo.,,AA nosotros "sea cual sea esa pluralidad del tal nosotros " podemos fijar las reglas que nos d) la gana, excluyendo de los derechos a los dems, a los extranjeros, a los que no son de los nuestros. Sean cuales sean los derechos de los humanos respecto a los no humanos, habr1an de fundarse en principios superiores.  \^  Respuesta . Efectivamente hay unos principios superiores, a los que, por ley natural, ha de ajustarse cualquier ordenamiento. Hay una comunidad de seres vivos del planeta y, dentro de ella, hay una de todo el reino animal, que se rige por una ley natural de que a cada una es l1cito buscar su propia prosperidad. La actual potencia de la especie humana nos ha llevado a descubrir los l1mites de esa licitud. Mas tales l1mites no caen del cielo, sino que los hallamos desde el anlisis conceptual de nuestra propia normativa. Lo que nos fuerza a transcender los ordenamientos grupales, los de sociedades autolimitadas territorialmente o por cualquier otro criterio (tribus, naciones, pueblos, sectas), es percatarnos de que tambi)n pertenecemos a una comunidad ms amplia, que es la humanidad. Hoy nos damos cuenta de que nuestra sociedad o comunidad humana tambi)n abarca a muchos individuos no humanos a quienes hemos incorporado "bajo t1tulos y por motivos diversos" al conglomerado que formamos con ellos. As1 pues, aunque establezcamos preferentemente nuestras reglas para nuestro propio inter)s de seres humanos, no podemos desconocer los intereses leg1timos de esos miembros inferiores de nuestra sociedad "inferiores no s;lo y no tanto por la inferioridad de sus capacidades, sino porque no forman, en igual medida, parte del nosotros , sino que estn anexionados al mismo en condiciones de subordinaci;n.  \Z  4. Los animales no tienen derechos, aunque nosotros tengamos obligaciones para con ellos. Del mismo modo, tenemos obligaciones de respeto al medio ambiente y al patrimonio hist;ricoart1stico, sin que )stos tengan derechos.  \  Respuesta . En [Pe9a, 2009] he criticado ese presunto distingo, que es puramente artificial, mera logomaquia. No atribuimos derechos a los r1os, ni a los mares, ni a las monta9as, ni a los palacios porque ni tienen intereses ni pueden prosperar ni pueden morir ni les imponemos prohibici;n alguna ni los sometemos a sanciones. El animal no humano que est en situaci;n de cautiverio o domesticaci;n s1 es sometido a prohibiciones y a deberes de soportar acciones humanas; tiene intereses y tambi)n deseos, esperanzas, temores. Es un sujeto de derechos, aunque no libre.  \ !  5. Los animales no son personas. Una persona es un ser autoconsciente que tiene una imagen diferenciada de s1 mismo y del mundo que lo rodea, con planes de vida, una visi;n de su propio itinerario y una capacidad de decisi;n con libre albedr1o.  \n$  Respuesta . Si se exige libre albedr1o para ser una persona, no hay personas.qn$^ ~J& ԍEn otros escritos he argumentado a favor del determinismo y, por lo tanto, en contra del libre albedr1o; p.ej. en Hallazgos  ~J' Filos;ficos, Salamanca: Univ. Pontificia, 1992. Las mejores defensas del libre albedr1o siguen siendo las de los neoescolsticos, sobre todo los ms exentos de inconsecuencias, los suarecianos. V. el art1culo Philosophica demonstratio realitatis liberi hominis arbitrii  por F.M. Palm)s, en  ~J* su Psychologia, en Philosophicae Scholasticae Summa II, Madrid: BAC, 1959, pp. 695716.q De todos modos, los progresos de la etolog1a parecen confirmar la verdad de Pero Grullo: los animales no humanos de especies emparentadas con la nuestra piensan,b&xo.,,AA esperan, desean, temen, recuerdan, conocen, manifiestan u ocultan su conocimiento, planean, agradecen, se vengan; tienen personalidad individual. Seguramente no vale la pena pelearse por el uso o no de la palabra persona ; pero es dif1cil hallar una objeci;n  \ convincente y desprejuiciada en contra de considerarlos personas. ^ ~Jx ԍEs casi sistemtica la confusi;n entre los dos conceptos de persona y de serlibre, e.d. de individuo que no se halle en el dominio de otro. Aunque en la propia tradici;n de las ideas jur1dicas se produjo a veces esa confusi;n, se fue depurando. Un exponente de la misma, entre muchos otros, es Tom Regan, [Regan], p. 348; eso lo lleva a opinar que es menester poner fin a la situaci;n jur1dica de que los animales no humanos sean objeto de propiedad.  \^  6. Esa atribuci;n a los animales de conciencia, de pensamiento, de planes de futuro y de una imagen del pasado carece de fundamento; en el mejor de los casos es una mera hip;tesis, que habr que confirmar. La carga de la prueba incumbe al que la alega.  \  Respuesta . La atribuci;n es veros1mil. En primer lugar viene confirmada por el sentido comCn, por la larga experiencia de la humanidad, especialmente de quienes, a lo largo de siglos, han tenido trato ms cercano con esos parientes nuestros, cuyo testimonio habr1a que refutar con pruebas cient1ficas, no meras sospechas. Y, en segundo lugar, los avances "aCn incipientes" de la etolog1a tambi)n parecen ir en la misma direcci;n. En caso de duda, por qu) no optar por la hip;tesis ms respetuosa de intereses ajenos? Si lo que se est exigiendo es una prueba irrecusable de que los animales no humanos piensan, son conscientes y padecen, no la habr nunca, como tampoco la tiene nadie de que los dems seres humanos piensan o de que el mundo existe o de que la vida no es el sue9o de un cerebro en una probeta manipulado por un experimentador.  \f  7. Los animales no hablan. Por lo tanto es imposible probar que piensan. Quiz  \` es imposible que piensen, porque pensar es hablarse a s1 mismo.!`^ ~J ԍConcebir el razonamiento como un debate silencioso en el fuero interno se remonta a Plat;n en el Teeteto 189E190A. La  ~J misma idea vuelve en sus dilogos tard1os, El Sofista y Filebo. Si no piensan, no  \Z son personas ni pueden ser considerados sujetos de derechos."@Z^ ~J$ ԍEn la filosof1a del lenguaje y de la mente contempornea parece haber predominado "al menos hasta muy recientemente" la tesis de Donald Davidson, quien rehusa a los nohumanos actitudes proposicionales por carecer de lenguaje. V. su Rational  ~J Animals  Dialectica 36 (1982), pp. 31827, repr. en E. Lepore and B.P. McLaughlin (eds), Actions and Events: Perspectives in  ~J|! the Philosophy of Donald Davidson, Oxford, 1985, pp. 47380. Un punto de vista ms matizado ha sido propuesto, con amplia aceptaci;n. por Daniel Dennett ( Conditions on  ~J # Personhood  en A. Rorty (ed.), The Identities of Persons, BerkeleyLos Angeles, 1976, pp. 181.7) para quien adscribir actitudes proposicionales a los animales es factible cuando su comportamiento puede venir analizado por nosotros en t)rminos intencionales.  \  Respuesta . Los animales no humanos comunican sus sentimientos, tanto unos a otros como a seres de otras especies. Tambi)n entienden las se9ales que les enviamos (si no, no ser1an domesticables). Por tanto, aunque sea rudimentariamente, disponen, aunque no de lenguaje, s1 de sistemas de comunicaci;n o c;digos semi;ticos, que emplean con discernimiento y a menudo con tino u oportunidad."o.,,AAԌPor otro lado, nada prueba que su pensamiento no use como soporte las percepciones o sus huellas en la memoria sensorial "las imgenes mentales", que pueden servir de sucedneo del lenguaje, al igual que probablemente les sucede a los humanos antes de dominar el lenguaje de doble articulaci;n. Pensar es tener conceptos, combinarlos en juicios y usar varios juicios para inferir conclusiones. Eso puede hacerse cuando una palabra da soporte a un concepto y una cierta combinaci;n de palabras a un juicio; en un mbito mucho ms restringido,  \L tambi)n puede hacerse si el soporte del concepto es una imagen sensible;#L^ ~J ԍSobre un pensamiento por imgenes, sin palabras, v. el apartado de Wordless Thought  en Steven M. Wise, [Wise, 2000], pp. 158ss. entonces una combinaci;n de tales imgenes expresar un juicio. Pensando por imgenes, )stas  \@ se revisten de valor simb;lico.$X@ ^ ~J" ԍLa investigaci;n conducente a este ensayo forma parte de las actividades del Grupo de Estudios L;gicojur1dicos, JuriLog, integrado en la l1nea Conceptos y valores  del Instituto de Filosof1a del CCHSCSIC, as1 como del Programa S2007/HUM0461 (TrustCM) La cultura de la legalidad: Transparencia, confianza, responsabilidad .  b  \ ! 10." Bibliograf1a *  Alexandre Blaineau, Le cheval, le cavalier et l'hippocuntaure: Technique )questre et  \ m)taphore politique chez X)nophon , Cahiers des )tudes anciennes. 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